viernes, 4 de enero de 2019

24. La discusión en el supermercado

Dedico la tarde a una actividad tan glamurosa como es ir al supermercado. Intento ofrecerle a mi nevera algo que llene el vacío que hay en su vida, darle un propósito que la haga sentirse útil. Y de paso, a ver si no vuelvo a pasar hambre cuando me empiece a rugir el estómago a media noche.

Me pongo tranquilamente en la cola para pagar cuando, de repente, una anciana de unos cien años, como quien no quiere la cosa, intenta pasar delante.

- Perdone, señora - le digo, señalándole mi espalda - La cola está por ahí
- No, niña. Yo estaba primero

Putos viejos. Siempre creyendo que las normas sociales no se aplican a ellos, como si las arrugas fueran señal de sabiduría y no de decrepitud. A ver cuando nos decidimos a adoptar la genial costumbre de los esquimales y los abandonamos a todos en un jodido témpano de hielo.

- Escuche, señora. No sé si sufre usted de demencia senil o sólo intenta hacerse la tonta. Pero ha elegido a la persona equivocada para colarse
- Hay que ver esta juventud. Ya no tiene respeto por nada. Qué vergüenza
- Está bien. ¿Sabe qué? Pase usted primero. Deme las cosas para colocarlas en la cinta

La anciana me pasa una lata de conservas, un cartón de leche y otro par de artículos. Y yo los hago rodar todos al otro extremo del pasillo. Si los quiere, tendrá que ir a por ellos. Y con la velocidad punta que le presupongo, va a tardar un buen rato en volver.

Ignoro sus insultos y le muestro un dedo donde las señoras casadas no se ponen el anillo. La cajera me sonríe. No sé si en solidaridad conmigo o porque tiene miedo de que vaya a prenderle fuego al local. En cualquier caso da lo mismo. Al final yo pasé primero, y eso es lo importante.


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