viernes, 4 de enero de 2019

71. Meditando

Esta mañana estoy con los nervios tan alterados que, cuando Amanda empieza a llorar, estoy a punto de meterla en un cubo de la basura, a ver si se calla. Pero entonces recuerdo que sólo es un bebé y eso me refrena. Eso y que su madre aún está presente.

Tania me recomienda que haga yoga. Yo le digo que prefiero comprarme un hacha y matar gente, que relaja más. Lo que a su vez le recuerda que ha visto en un catálogo unas armas medievales monísimas y que tiene que comprarse una. Acaba de quitarle toda la gracia a mi jodido chiste.

Hablo con Raquel por teléfono, le cuento lo irritable que estoy y me dice que ella va a clase de meditación y me invita a acompañarla. A pesar de mi escepticismo decido probar, a ver qué pasa.

Empezamos con mal pie. La profesora es una señora gorda que va vestida con lo que ella dice que es una túnica sanadora, pero que a mí me parece más bien la cortina del baño de su casa. A juzgar por cómo me mira, quizás no tendría que haberlo comentado en voz alta.

Comienza la clase. La foca madre empieza a soltar un rollo new age tan cutre que empiezo a reírme a carcajadas, lo que, al parecer, está mal visto. Luego nos sentamos todos en la posición de loto, pero me empiezan a dar calambres y me levanto dando alaridos. Pues eso tampoco debe hacerse.

Finalmente consigo empezar a relajarme. Claro que me siento tan cómoda que acabo quedándome dormida y me pongo a roncar. La profesora me llama la atención y me pone de tan mala leche que le pregunto cuándo cree que nos recogerá la nave nodriza. Ahí termina mi participación en la clase.

Raquel me ruega que, por favor, no regrese nunca más. Tampoco me importa demasiado. No tengo nada claro que este grupo tenga mucho futuro. No después de que todos sus integrantes hayan visto cómo una ambulancia se ha llevado a la profesora, presa de un ataque de histerismo.


No hay comentarios:

Publicar un comentario