Estoy de regreso después de un duro día de trabajo (vale, quizás no haya sido tan duro; es posible que haya consistido en comer helado tumbada en el sofá y ver la tele mientras Amanda dormía. Pero el helado era desnatado y en la tele no ponían nada bueno), cuando, al llegar a mi puerta, noto que se abre la del piso de mis simpáticos vecinos los que el otro día llamaron a la policía.
El marido se asoma y me hace gestos para que me acerque. Camino pensando una excusa para lo que sea de lo que me vaya a acusar. Pero entonces me sorprende al decirme, sonriente:
- Mi mujer no está en casa
- Juro que yo no la he secuestrado, Alfonso
- Qué graciosa. Y me llamo Javier. Quiero decir que va a llegar tarde. Así que podemos...
- ¿Podemos qué? - ahora ya empiezo a poner mi tono de mosqueo versión pro
- Venga, Tessa, no te hagas la tonta. Es evidente que entre tú y yo hay algo
- Ahora mismo un poco de tensión. Y a este paso lo que habrá es una orden de alejamiento
Me mira con cara de no entender nada. Genial. Ya somos dos.
- Pero el sábado tú... ya sabes, cuando Miriam, mi mujer, no miraba, te levantaste la camiseta
- ¡Porque no quería que me jodierais la fiesta! - exploto con cara de cabreo - Mira, voy a asumir que ha sido un malentendido del que algún día nos reiremos. Pero que te quede claro que lo del otro día fue un show de una sola noche. Mi cuerpo, toda yo...vetado. ¿Me explico?
Me doy media vuelta y me alejo. Por un momento me siento mal pensando que el tipo debe estar muerto de vergüenza. Pero entonces me giro y le veo todavía ahí, en la puerta, comiéndome con la mirada. Bravo. Por si no tenía ya pocos, acabo de sumar un nuevo problema a mi vida.
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