viernes, 4 de enero de 2019

32. Vacaciones de Navidad

Llego diez minutos tarde al trabajo y, cuando estoy entrando ya en el portal, me encuentro a José y a Tania, con Amanda en brazos, saliendo por la puerta cargados de maletas. Sé que hay mucha gente que tras conocerme no ve el momento de perderme de vista para siempre. Pero nunca me había ocurrido que una pareja abandonara su casa a toda prisa por mi culpa.

Se lo digo a Tania en tono jocoso y me dice que no sea boba. Al parecer se le había olvidado comentarme que se van a pasar las navidades a casa de sus padres, lo que significa que tengo unos 20 días de vacaciones. Luego, cuando su marido no la escucha, me cuenta que está esperando una alfombra marroquí y me pregunta si puedo encargarme de llevarla al almacén.

La buena noticia es que me siguen pagando. No sé si es porque creen que soy algo así como Mary Poppins y no pueden arriesgarse a perderme, o porque creen que soy una sin techo y me he convertido en su obra de caridad particular. Tampoco me importa mucho, la verdad.

La mala noticia es que, sin trabajo al que tener que acudir, me acabo de quedar sin excusas para no ir a pasar las navidades a casa de mis padres. Vale, sí, podría mentirles, no me causaría demasiados conflictos éticos. Pero me apetece ver a mis amigos, que alguien cocine para mí y me lave la ropa y, si es posible, hacerme con una tercera tarjeta de crédito.

Por la tarde acompaño a Alberto a ver nuestros nuevos pisos. Antes de que el tipo haya sido capaz de pasar del recibidor, yo ya he estampado mi firma en el contrato. Comparado con el motel, esto es el Ritz. No necesito saber más.

Después, compro un billete para el día siguiente. De nuevo, sale caro. Pero es lo menos que mi padre puede hacer por mí, ¿no? Se le llama espíritu navideño, por lo que tengo entendido.


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