Para cuando abro los ojos ya ha desaparecido gran parte del domingo, así como la mayoría de recuerdos de la noche anterior. Tengo una resaca de tres pares de cojones.
Mientras intento ignorar el concierto de timbales que se está celebrando en mi cabeza, caigo en la cuenta de que no tengo un puñetero analgésico. Tampoco otros muchos artículos de primera necesidad, pero eso ahora a quién coño le importa.
Me levanto con dificultad y me percato de que no sé dónde diablos he dejado mi falda. Sin fuerzas para ponerme a buscarla, me estiro la camiseta todo lo posible y salgo al pasillo. Parezco un zombie impuntual que ha llegado tarde a Halloween. Toco en la puerta de enfrente y me abre un tipo joven y mono, con gafas y barbita de dos días.
- Hola. Necesito una aspirina - le digo, notando que me mira como si fuera una marciana - Sé que también necesito unos pantalones, pero ahora mismo estoy más centrada en el otro tema
El chico sigue sin saber cómo reaccionar, lo que empieza a ponerme de los nervios
- Negras
- ¿Perdón?
- El color de mis bragas. He pensando que si te lo dijo podrías dejar de mirarme las piernas, comportarte como un buen vecino y traerme la puta aspirina
Algo avergonzado, entra en la casa y vuelve al instante con el ansiado fármaco. Le doy las gracias y vuelvo a mi caverna, a seguir hibernando unas cuantas horas más. Soy consciente de que esta situación no me ha ayudado demasiado en mi búsqueda del equilibrio personal. Pero la pastilla...eso sí que resulta ser mano de santo. Con eso, por hoy ya me doy por satisfecha.
No hay comentarios:
Publicar un comentario