Soy una mujer de palabra, así que, después de despachar a Paolo, anoche bebí hasta que mi hígado acabó suplicando compasión. Creo que tengo tanto alcohol en la sangre que podría seguir dando positivo en los controles durante varios años aunque no volviera a tomar un solo trago.
Me levanto a media tarde y me arrastro hasta un 24 horas. Compro unos sandwiches de... no lo sé, sigo viendo doble, y cuando regreso me cruzo con Alberto en la escalera.
Caigo en la cuenta de que últimamente no le he visto mucho. Mejor así. El pobre está demasiado pillado por una servidora y no le viene mal descansar de mi presencia, a ver si se le pasa.
- ¡Alberto! Lo siento, sé que tengo muy abandonado, pero es que ha sido una semana de locos
- No te preocupes, Tessa. Yo también he estado liado - responde con una sonrisita misteriosa, como si estuviera escondiendo que se ha dedicado a robar el cepillo de la Iglesia
- Venga, no te hagas el interesante y cuéntame qué coño te pasa
- Está bien. Estoy saliendo con Bea, una compañera del trabajo
- Eso es genial - no, no lo es - Pero no te hagas muchas ilusiones todavía, no sea que para ella sólo haya sido un rollo de una noche...
- Llevamos juntos una semana
- ¡Bien! - y una mierda - ¿Y de dónde es? ¿De un país extranjero de los que necesitan visados?
- Es de aquí, Tessa. Una tía fantástica, seguro que te caería genial. ¡Ey! Si quieres te la presento
- ¡Me encantaría! Fijo que al final acabaremos siendo como uña y carne
Yo pondré las uñas y ella la carne ensangrentada. No sabes con quién te has venido a meter, Bea. Nadie me roba a mis pretendientes. Ni siquiera aquellos por los que no estoy interesada.
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