sábado, 12 de enero de 2019

99. Dos pájaros de un tiro

Estoy en una cafetería, tomando algo con un amigo, cuando veo entrar a Javier, mi vecino, que nada más percatarse de mi presencia camina raudo hacia mi mesa. Tiene cara de pocos amigos. A lo mejor lo de la nariz rota y el aparatoso vendaje tiene algo que ver.

- ¡Tú, hija de puta! - me grita - ¡Todo es culpa tuya! Mira cómo me dejó el gilipollas de tu ex, y encima mi mujer anda haciendo preguntas. Ándate con cuidado, no sea que...
- Hola,  Javier - le interrumpo, sonriente - Deja que te presente a mi amigo. Aunque creo que ya os habíais visto. Es Adrián, el policía de la otra noche

Adrián se levanta y le da un fuerte apretón de manos mientras Javier se va quedando tan blanco que por un momento creo que se va a desmayar. Balbucea un par de palabras y se marcha a toda prisa, como alma que lleva el diablo.

Qué pequeño es el mundo, ¿verdad? No es como si yo hubiera invitado adrede a un madero que siente debilidad por una servidora a la cafetería preferida de mi baboso vecino que sabía que estaba cabreado conmigo. Joder, no seáis tan malpensados. ¿Qué diría eso de mí?

Aunque ya ha cumplido su cometido, decido pasar con Adrián el resto de la tarde. Creo que el chico se lo ha ganado. Bueno, y puede que también esté algo interesada en saber cómo andan las cosas con el tema de las triadas y si tengo algo que temer, en forma de acusación o amenaza física. Pero no, parece que me voy a librar de rositas.

A eso de las diez decido irme a casa. Se ofrece a acompañarme, pero se lo prohíbo. Si llega hasta mi piso quizás me sienta tentada a hacerle una mamada por compasión o vicio, no lo tengo del todo claro, y no me apetece joder un día en el que todo está saliendo a pedir de boca.



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