- Héctor, sé que no soy psicóloga, pero... ¿no se supone que en las terapias personalizadas sólo tiene que haber dos personas? ¿O es que hoy toca jornada de puertas abiertas?
Nico, el tercero en discordia, se descojona al oírme. Pero Héctor apenas se inmuta, como si lo que acabo de decir fuera una estupidez que no viene a cuento.
- Tessa, si queremos resolver de una vez por todas nuestro problema con los ucranianos...
- Quieres decir tu problema
- ...os necesito aquí a los dos. Además, hay confianza, ¿no? Ya te has acostado con él
- Cosa que tú no tendrías por qué saber
- Por cierto, Nico, me dijo que eras el mejor polvo que había tenido en años
- Cosa que él no tendría por qué saber. ¿Acaso no entiendes qué cojones significa eso de la confidencialidad entre terapeuta y paciente?
- No te pongas así, mujer. Si te hace sentir mejor, puedes cotillear en los demás expedientes
Lo dejo por imposible. Me callo y durante casi una hora (hora que, por cierto, estoy pagando yo) oigo a Héctor sugerir planes tan descabellados que ni siquiera voy a repetirlos. A no ser que robar un cadáver y hacerle la cirugía estética sea una brillante estrategia que yo no consigo pillar.
Nico y yo salimos juntos del despacho. El muy capullo parece estar pasándoselo en grande.
- Así que tu mejor polvo, ¿eh?
- No te lo creas tanto, Romeo, que no estuviste tan bien.
- Entonces merezco una segunda oportunidad, ¿no te parece?
Me parece. Nos metemos en un taxi, vamos a su piso y follamos. Con diferencia, lo mejor del día.
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