Héctor sigue sin cogerme el teléfono, lo que empieza a tocarme mucho los ovarios. Teniendo en cuenta todo lo que he hecho por él, cabía esperar como mínimo una llamada de cortesía. O un fajo de los putos billetes que robó. No sé, un poquito de consideración.
Dado que al parecer hoy tampoco habrá sesión de terapia, quedo con Irene a tomar algo. Cuando regreso a casa, ya es de noche.
No puedo quitarme de encima la sensación de que alguien me está siguiendo. Al doblar la esquina, mis sospechas pasan a ser ya una certeza. Estoy acojonada, lo admito. Pero como gritar no va a servir de mucho, lo que hago es esconderme y, cuando mi acosador pasa a mi lado, le rocío todo el bote de gas pimienta que llevo en el bolso en sus putos ojos.
Pero resulta que no es un violador, sino el jodido Héctor. Y tanto que me alegro, porque con los nervios en vez de gas pimienta le he rociado con colonia.
Se disculpa y me dice que no ha podido contestarme porque estaba resolviendo unos asuntos, pero que ya vuelve a estar activo. Y añade que ha ido a buscarme para que aproveche mi sesión, porque no piensa renunciar a cobrarla. Es tan caradura que no puedo evitar reírme.
- Al menos las cosas han vuelto a la normalidad, ¿no? - comento - Ya no tendrás que preocuparte más por los ucranianos.
- Tienes toda la razón - sonríe - Ahora sólo tengo que ver cómo diablos librarme de la mafia rusa. Esos cabrones son aún peores.
Me gustaría que fuera un chiste. Quiero que sea un chiste. Pero no es ningún puto chiste. No necesito ninguna sesión de terapia. Lo que necesito es una jodida botella de Jack Daniels.
No hay comentarios:
Publicar un comentario