viernes, 4 de enero de 2019

28. La estafa más vieja del mundo

Lo único positivo de no haber salido anoche es que, por primera vez desde que llegué aquí, puedo ver cómo luce de día la ciudad los domingos. Decido dar una vuelta por el parque, que está abarrotada de familias con críos, parejitas empalagosas y fanáticos del deporte. Qué asco dan todos. Queda claro que no me he estado perdiendo demasiado.

A lo lejos, en la plaza, me fijo en un tipo joven que ha montado una pequeña mesa donde está poniendo en práctica el juego de la bolita y los tres cubos. La puta estafa más antigua del mundo.

El cabrón es muy bueno. Su problema es que ha elegido al peor gancho imaginable. Un hombre gordo que sobreactúa y al que todo el mundo tiene ya calado. La gente comienza a irse.

Decido echarle un cabo al tipo. Puede que lo haga porque está bueno, porque me aburro o porque creo que esta gente merece que la timen. O a lo mejor simplemente es que soy mala persona. No lo sé. En cualquier caso me acerco, con mi pose de rubia tonta, y digo:

- ¡Aquí estás! Voy a probar suerte otra vez. La semana pasada me gané casi 100 euros

Espero que el trilero haya pillado mis intenciones. Si no, perderé 20 euros y sólo me quedará el consuelo de montarle un pollo de cojones. Pero no, el tipo sabe lo que se hace y, sin necesidad de mirarnos, me deja ganar. "Estoy en racha", digo dando saltitos como una soplapollas.

La gente, movida por la avaricia, regresa a la mesa y sacan sus carteras. Pobres ilusos. Mi trabajo está hecho. Me guardo el dinero que me he ganado como buena cómplice y me voy. El estafador me hace una inclinación con la cabeza, en señal de gratitud.

Un ama de casa adicta a las compras, un psicólogo ludópata y ahora un timador. Tú sí que sabes elegir bien a la gente de la que te rodeas, Tessa. Lo mejor de cada casa.


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