Nada más levantarme comienzo a llamar a todos mis amigos. No es sólo que me apetezca verlos, sino que así, además, me libro de tener que pasar el día con mis padres.
Salvo Clara, con la que quedo a comer, el resto de viejos conocidos parecen tener otros planes. Si yo fuera un poco más paranoica, pensaría que me están evitando.
Salvo Clara, con la que quedo a comer, el resto de viejos conocidos parecen tener otros planes. Si yo fuera un poco más paranoica, pensaría que me están evitando.
Finalmente doy con Lisa, otra colega de las de siempre, que accede a tomarse algo conmigo en el pub. Y de nuevo tengo esa sensación de que si ha quedado conmigo es porque siempre ha sido un poco cortita y no se le ha ocurrido ninguna excusa sobre la marcha.
Nos encontramos a las 10, nos bebemos unos chupitos y empezamos a ponernos al día, entre risas. Hasta que Lisa mete la pata y, sin darse cuenta, me suelta:
- ¿Sabes? Me da lo mismo lo que diga Mario, me alegro mucho de que estés aquí
- Espera, espera - la interrumpo - ¿Mario está hablando mal de mí? ¿Echándome mierda encima?
- No es eso - intenta rectificar, pero es rubia y tonta - Dice que te dejó porque eras insoportable...
- ¿Qué él cortó conmigo? ¡Y una mierda!
- Y también dice que le pusiste los cuernos
Ahora entiendo por qué tenía la sensación de haberme convertido en una apestada. El muy cabrón ha estado poniéndome a parir ante nuestros amigos.
Me levanto, totalmente encendida. Lisa intenta arreglar las cosas, pero ni siquiera la escucho. Para qué. Mi cerebro está concentrado en decidir si le corto los huevos a Mario o sólo se los pateo, para que se retuerza de dolor por inventarse cosas sobre mí.
Que le engañé, eso es cierto. Pero que se deje de historias, que el muy cretino nunca se enteró.
No hay comentarios:
Publicar un comentario