Bien. Ahora que tengo un nuevo y flamante móvil, cortesía de mi queridísimo Alberto, ya puedo por fin escuchar el mensaje que me dejó el otro día el capullo de mi ex.
Mario sigue resultando demasiado previsible. En los dos largos minutos en los que no deja de parlotear, me cuenta cómo lamenta lo ocurrido, que se siente fatal, que esperaba que pudiéramos hablar y que le cogió por sorpresa que me fuera tan pronto, que me echa de menos... Basura.
Lo que tendría que hacer es borrar el mensaje, olvidarme de todo e irme de compras. Pero una no se gana una merecida fama de bruja haciendo lo más sensato. Así que, en vez de eso, me propongo escribirle un mensaje de texto mandándole a tomar por culo.
Cuando casi lo tengo escrito, con emoticono obsceno incluido, me lo pienso mejor y decido que la cosa molará más si puedo humillarle por teléfono y hacerle llorar como a un puto crío.
Pero, indecisa y puñetera que es una, cuando estoy marcando me doy cuenta de que sería aún mejor si mantuviéramos una conversación por Skype, para poder verle la cara mientras le estoy machacando verbalmente. Incluso podría grabarlo y hacerme un DVD para cuando quiera reírme.
Cuando mi rostro aparece en la pantalla del ordenador, el pobre diablo se cree que le he perdonado. Las ganas. Muy bien, Mario. Tú intentaste joderme con nuestros amigos y ahora es mi turno.
No tengo piedad. Le machaco, le machaco y vuelvo a machacarle, dándole donde más duele. Es lo bueno de haber estado tantos meses con él: que sé sus puntos débiles.
Pero justo cuando ya le tengo donde quiero, vuelvo a cambiar de idea y le pregunto:
- ¿Te apetece tener cibersexo conmigo?
Acepta. Así que, en un final inesperado, al final terminamos jodiéndonos mutuamente. O algo así.
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