viernes, 4 de enero de 2019

36. Una cena familiar

Es Nochebuena, me recuerdo. Y yo puedo hacerlo. Es sólo una cena con mis padres. Es jodido, pero si me lo propongo sé que seré capaz de pasar la velada tranquilamente, en paz y armonía.

Esa es la intención, lo juro. Mi buena acción anual. Pero eso es antes de descubrir que no voy a cenar sólo con los viejos, sino que el resto de la familia también se une al circo. Al oír las buenas noticias necesito tomarme una copa para prepararme psicológicamente.

Luego, por la tarde, mi padre decide, unilateralmente, que es hora de que tengamos una charla. Empieza a decirme todo lo que no le gusta de mí, lo que sólo me deja dos opciones: responderle o beber. Así es como abro la segunda botella de vino.

Mientras ayudo a mi madre a preparar la cena, algo que adoro casi tanto como tener la regla, se las ingenia para nombrar cinco veces a Mario y lo buen chico que es. Lo contrarresto con más alcohol.

Comienza el desfile de tíos, tíos-abuelos y demás parientes. Cómo lo diría: mejor que nunca tengan que averiguar si soy una donante compatible, porque lo llevarían claro. Aún así, finjo como una puta en horario de trabajo y reparto besos, sonrisas y felicitaciones.

Yo estoy tranquilita. No sé por qué los demás no pueden tener la misma deferencia. Parecen buitres esperando su oportunidad para lanzarse a por mí e intentar putearme con sus comentarios. Y cuanto más hablan más bebo. Hasta que llega ese punto en el que todo me da igual.

Me levanto de mi asiento. Le recuerdo a mi tía que es una cornuda, pregunto qué tal está mi primo el del cambio de sexo. Saco a colación todos los humillantes detalles familiares que sé que van a lograr avergonzarles. Y cuando he terminado, absolutamente borracha, vomito sobre la alfombra.

Algo me dice que este año Santa Claus no va a dejarme ningún regalo.



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