sábado, 26 de enero de 2019

113. Una despedida

Debo sufrir un aneurisma cerebral. Tengo un tumor del tamaño de un melón en la cabeza, solo que aún no lo sé. Es la única explicación que le encuentro a lo mucho que me está costando renunciar a mi trabajo como niñera.

Quiero decir, trabajo para una adicta a las compras que no dudó en poner a su hija en manos de una loca sin cualificación. Además es un trabajo ingrato, mal pagado y por el que no estoy ni siquiera dada de alta. Podría haberme despedido con un mensaje de whatsapp y quedarme tan ancha. Es lo que tendría que haber hecho.

Pero en vez de eso aquí estoy, en casa de Tania, con una especie de tic nervioso en la pierna, acunando por voluntad propia a Amanda mientras intento explicar la situación sin que se me forme un nudo en la garganta.

Le digo que siento decírselo así, de repente. Que sé que le estoy haciendo una putada. Incluso escucho, aterrada, cómo de mi boca salen palabras que parecen indicar que entendería que no me pagara lo que llevamos de mes. ¿Quién coño soy y qué he hecho con Tessa?

Por fortuna para mí, Tania me dice que deje de soltar chorradas, que por supuesto que va a pagarme todos los días trabajados. Más aún, me va a dar el dinero de todo el mes. Debería alegrarme, pero su gesto sólo consigue hacerme sentir peor conmigo misma.

- No seas boba - dice, con dulzura - Es una oportunidad única y tienes que aprovecharla. Aunque admito que me partes el corazón
- Lo comprendo, Tania. Sé lo importante que era para ti que me ocupara de todas tus compras y...
- Que le den a las compras, Tessa. Me refiero a perderte a ti. Ya eres parte de esta familia, por favor no lo olvides nunca

Jodida cabeza de chorlito. Esta exasperante enferma de las compras logra algo que nadie había conseguido desde hacía mucho, pero que mucho tiempo. Hacerme llorar.



No hay comentarios:

Publicar un comentario