viernes, 4 de enero de 2019

88. Testamento

Dentro de treinta y seis horas estaré muerta.

Quizás sean treinta y siete, quizás treinta y cinco... Depende de lo rápidos y creativos que sean los chinos. Ahora bien, como me den un cuchillo para que me haga el harakiri, juro que primero le rajo la garganta a Héctor por meterme en este jodido embrollo. Ah no, que lo del harakiri son los japoneses. Los chinos nos servirán como cerdo agridulce en alguno de sus restaurantes.

Al principio la broma tuvo su gracia, pero cuando Héctor me llama a primera hora para recordarme que el viernes por la noche vamos a ir juntos a estafar a las triadas, me acojono totalmente. ¡Es una locura, no puede salir bien! Además, estoy demasiado buena como para que me descuarticen.

Permanezco taciturna el resto del día. Me cruzo con Alberto, que me pregunta qué tal lo pasé anoche. Le digo que fue genial, que Bea es un encanto y que voy a organizar una fiesta el sábado en mi piso y me gustaría invitarla. Total, a esas alturas ya seré pasto de los peces... 

Mario, mi ex, me llama. Inoportuno como siempre. Pero en el plan en el que estamos, de perdidos al río. Así que le digo que le echo de menos y le invito también a mi fiesta. ¡Venga, alegría!

Se me va la olla y llamo a mis padres para decirles que siento lo de Navidad y que vengan el sábado de visita. Pensar en la de gente que odio que estará reunida en el mismo lugar me hace sentir mejor con respecto a mi inminente muerte. Si sólo pudiera dejar preparada una bomba con temporizador.

Cuando me canso de hacer el gilipollas, llamo a Nico. A éste ya no le cuento chorradas. No, a él le invito para tirármelo. Si voy a palmarla, quiero una última alegría.

Viene a mi piso y follamos como si no hubiera mañana.

Y, bueno, mañana puede que haya. Lo de pasado mañana es lo que veo mucho más crudo.


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