viernes, 4 de enero de 2019

49. Día de Reyes

El día de Reyes resultaba mucho más divertido cuando yo era pequeña y recibía muchos regalos. Pero cuando eres adulta y estás sola en una ciudad nueva, la verdad es que apesta un poco.

Así que aquí estoy, a media mañana, en mi nueva casa, feliz de no haber tenido tiempo de instalar aún un horno para no sentir tentaciones de meter la cabeza dentro de él.

Acabo de abrir mi tercera cerveza cuando llaman a la puerta. Es Alberto.

- ¿Vienes a gritarme? ¿A llamarme bruja? ¿A pegarle portazos a mi puerta? 
- Vengo a invitarte a comer - dice, con una sonrisa sospechosa

Me lo pienso durante unos momentos. Ahora soy yo la que está enfadada con él. Vale, no tengo motivos, pero por alguna razón verle me ha puesto de mala leche. Entonces me ruge el estómago y pienso que sí, que me debe esa puta comida. Lo que no, tampoco tiene sentido, lo sé.

Me lleva a un buen restaurante, pero yo estoy en modo "borde ON" así que no dejo de buscarle pegas. Mal servicio, calefacción alta... Básicamente me quejo, me quejo y me quejo.

Lo peor es que, mientras me está contando algo, me doy cuenta de que Alberto empieza a caerme mal. Con su eterna sonrisita y su expresión de superioridad, que parece que le deba algo. Como si tuviera que abrirme de piernas sólo porque ha sido amable conmigo. ¿Qué se ha creído?

Estoy envenenada y con ganas de irme de mi puta casa. Y entonces del bolsillo de su chaqueta saca un cajita envuelta en papel de regalo y me la da. "Feliz día de Reyes", dice.

La abro con suspicacia. Es un móvil. Un jodido móvil nuevo, para reemplazar al que rompí. Creo que ya todos tienen claro que soy una persona poco sentimental. Así que se imaginan lo difícil que resulta lograr que me emocione. Pues el cabrón de Alberto lo consigue. Y de qué modo.



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