Tras mi precipitado regreso tengo la agenda bastante despejada. Por un momento pienso en darle una sorpresa a Alberto, pero conociéndole es posible que me proponga correr por el parque o cantar villancicos. Y no tengo una pistola a mano para volarme los sesos, así que creo que paso.
En vez de eso llamo a Irene, que seguro que tiene un plan mucho más supermegafashion. O eso es lo que deseaba creer, porque para cuando me quiero dar cuenta estamos ella, César y yo visitando un belén gigante que han instalado en la plaza y que, por algún extraño motivo, les fascina.
- En serio, César, no sé cómo te puede gustar esto - le digo - ¿No se supone que esta gente odia a los tuyos y que, si pudieran, os quemarían a todos en la hoguera por sodomitas?
- Tessa, eres una mala puta - se ríe - Y yo no he dicho que esté de acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia. Pero los belenes son otra cosa. Míralo atentamente y dime que no es una monada
- Yo sólo veo una mujer de virginidad dudosa y el crédulo de su marido, criando a un niño en un establo que huele a mierda y que cualquier inspector de sanidad chaparía a las primeras de cambio. Si esto es lo que Dios deseaba para su hijo, creo que él y mi padre harían buenas migas
- Pues a mí me gusta - interviene Irene - Gente pobre a la que vinieron a ver unos reyes y les dieron oro para que se compraran algo bonito, como si fueran sus personal shopper. Y luego está el negro, que les trajo droga para que se colocaran y lo pasaran bien, ¿no?
Esa es Irene. Una niña de papá cabezahueca con unas ocurrencias tan estúpidas que te preguntas si no lo estará haciendo adrede para reírse de ti. Pero no, lo dice completamente en serio. Rica, pija y capaz de ser terriblemente ofensiva con un simple comentario casual. ¡La adoro! Está claro que estaba destinada a convertirse en mi mejor amiga.
No hay comentarios:
Publicar un comentario