Empiezo a pensar que sigo acudiendo al psicólogo únicamente para tener algo que contar en mi diario, porque lo cierto es que las sesiones con Héctor son siempre una pérdida de tiempo pero nunca aburridas. Eso tengo que reconocérselo.
Me pregunta qué tal estoy, y antes de que pueda abrir la boca comienza a hablarme de lo mal que lo está pasando él porque su novia Linda, también psicóloga, acaba de dejarle.
Hasta aquí aún podría compadecerle. Pero es que el motivo de la ruptura es que su chica lo pescó con otra tía en la cama. Peor aún, resulta que lo que de verdad le duele no es haber roto, sino que ya no podrá seguir robándole clientes.
Porque, tócate los huevos, resulta que aprovechaba cuando Linda no estaba en casa para cogerle la agenda, llamar a unos cuantos de sus pacientes y decirles que su terapeuta se había mudado, pero que antes les había trasferido a un nuevo psicólogo realmente excepcional: él mismo.
- Te lo estás inventando - le digo, mosqueada - Esa historia es un vacile, no hay quien se la crea
Pero él sigue a lo suyo, hablando sobre lo mucho que siente lo ocurrido...que le pillaran, no lo de ponerle los cuernos, eso lo ha hecho más veces. Le escucho pacientemente y, cuando acaba el tiempo, le pido 100 euros. Le explico que si habla toda la hora, le toca pagar la puta sesión.
Cosa rara, me da la pasta sin rechistar, lo que hace que nada más salir de la consulta me vaya de compras. Si por casualidad los billetes son falsos, prefiero librarme de ellos cuanto antes.
Al llegar a casa, movida por la curiosidad, busco en la guía telefónica. Descubro que existe una Linda que es psicóloga, así que la llamo. Es nombrar a Héctor y la tipa se pone histérica y comienza a chillarme. Así que, después de todo, la historia del muy cabronazo resultó ser cierta.
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