Al final lo de la fiesta resulta ser una mala idea. Una pésima idea. Y para que yo eche pestes de un sitio donde hay alcohol y hombres, la cosa ya tiene que ser grave.
El principal problema es que Irene es una tía guay, pero a veces se pasa de guay. Quiero decir, lo hace sin mala intención, pero lo mismo que se saltó el guión el día que me conoció y me invitó a la zona VIP por la cara, hay veces, como hoy, que te da dos besos, te susurra al oído que ha venido con un tío que está muy bueno y desaparece para fornicar dejándome sola en un ambiente extraño.
Soy una persona independiente, pero cuando estoy de fiesta me gusta que me hagan caso. Así que decido pegarme a César como una lapa. Pero el muy cabrito también ha ligado, con un mulato que está como un queso, y no tarda en abandonarme. Ojalá todos cojan un puto herpes esta noche.
A ver, no me abandonan a mi suerte, hay más tías de su círculo a las que conozco. Pero sinceramente no tengo feeling con ellas. Vamos, que me parecen unas barbies estúpidas.
Pero, en comparación con el grupo de amigos del tío que se está follando Irene, son un encanto. Porque esos sí que son unos gilipollas. Engreídos, arrogantes, creyéndose los reyes del mambo. No aguanto sus bromitas, sus risitas, sus comentarios... me ponen de los nervios.
Y ahí estoy yo, sentada en una mesa de la zona VIP con un grupo de gente que no soporto, intentando encontrarle la gracia a lo que están contando. Sin éxito, obviamente. Hasta que decido que ya es hora de aportar mi granito de arena a la conversación y pregunto:
- ¿Cuántos de los aquí presentes han probado el sexo anal?
Se hace el silencio. Todos agachan la cabeza, sintiéndose tan incómodos como lo estaba yo hasta hace unos momentos. Ahora es cuando por fin empiezo a disfrutar de la noche.
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