viernes, 4 de enero de 2019

20. Un poco de fiesta salvaje

Mis nuevos compis tienen un aguante de mierda. Basta con que volvamos a las ocho de la mañana para que decidan no salir la noche siguiente. Unos putos flojos, eso es lo que son.

Viendo que el resto del grupo va a fallarme, a media tarde, cuando me despierto, voy a casa de Alberto y le hago ojitos para que se venga conmigo a bailar. Sé que no está bien jugar con los sentimientos de alguien a quien empiezas a gustarle, pero es que no quiero salir sola...

Llegamos a la discoteca y, tras un par de copas, me lanzo a la pista de baile. Alberto no parece estar en su salsa, él es más de garitos donde se puede conversar. Pero si he elegido este sitio es precisamente porque la música está a tope y no tengo que hablar con nadie.

Empiezo a bailar como una loca. Primero sola, luego con un tío que cree, pobre iluso, que tiene alguna posibilidad. Voy cambiando de pareja hasta que alzo la vista y me doy cuenta de que Alberto no está. Para ser sincera, no tengo ni puta idea de cuándo se ha ido. 

Creo que se ha mosqueado. Estoy pensando en ir en su búsqueda cuando se me acerca una tipa pija que me invita a acompañarla a la zona VIP. Obviamente la sigo sin cuestionármelo un segundo.

Se llama Irene. Dice que lleva un rato fijándose en mí y que le parezco supercool. No seré yo quien la saque de su error. Me presenta a sus amigos. Son frívolos, superficiales, crueles y fiesteros. Encajo perfectamente en el ambiente. En cinco minutos ya me siento parte del grupo.

Desfasamos. Bebo mucho. Me enrollo con un tío que se parece a George Clooney. O tal vez no, ya he dicho que iba borracha. Y me lo paso de puta madre. Por unas horas soy incapaz de recordar por qué pienso que mi vida es un desastre. Quizás sea el alcohol...sí, seguro que es eso. Pero ojalá la sensación me durara toda la vida.



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