Hasta ahora mi opinión sobre los propósitos de año nuevo ha sido la misma que tenía sobre los terraplanistas: que sólo los gilipollas podían tomárselo en serio.
Quiero decir, ¿realmente hay alguien que piense que su vida va a cambiar gracias a una fecha en el calendario? Si quieres cambiar hazlo, coño. Pero no esperes a año nuevo, ni al siguiente lunes, ni a tu próximo ciclo menstrual, ni a cual sea la excusa que te pones a ti mismo para no mover el culo.
Así que, en el pasado, lo más cerca que he estado de este tipo de promesas es jurarme a mí misma que iba a seguir siendo tan cabrona como siempre. Pero este año, por primera vez, realmente siento que necesito un cambio.
Mirándome al espejo me he dado cuenta de que hay algo muy importante que falta en mi vida. Que debería hacer una lista de propósitos, ponerla por escrito y empezar a estudiar la forma de lograr que se hagan realidad.
Tengo 30 años. Y supongo que, por mucho que queramos evitarlo, a todos nos llega el día en que entendemos que no podemos seguir comportándonos como críos despreocupados, y que tenemos que asumir que hay otras cosas importantes en la vida a las que debemos prestar atención.
Me refiero a eso que todos necesitamos, aunque algunos se nieguen a aceptarlo. A la barrera que separa a los niños de los adultos. A esa revelación, dolorosa y satisfactoria al mismo tiempo, que hace que las cosas cambien para siempre y que te impide volver a ser el que eras. Una vez que te llega, ya no hay marcha atrás. Es ley de vida.
Y si alguien cree que estoy hablando de la madurez, es que es tonto del culo. Me refiero al dinero. Porque mi propósito para este año, por supuesto, es ser jodidamente rica.
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