viernes, 4 de enero de 2019

48.Una situación bizarra

Aunque no os lo creáis, me siento tan mal por lo que pasó con Alberto que he estado despierta casi toda la noche pensando en cómo solucionarlo. Pero me parece que ahora mismo la única forma de arrancarle una sonrisa sería  con una mamada. Y sinceramente no estoy tan arrepentida.

Para distraerme llamo a Irene y a César y les sugiero que vayamos a ver la Cabalgata de Reyes. En realidad lo que quiero es iniciarles en una tradición que tenía con mis antiguos amigos, consistente en comprar un paquete gigante de caramelos baratos y tirárselos a los tipos de las carrozas, para ver la cara que se les queda. En especial al Rey Negro.

Sí, he dicho lo que he dicho. Es una de esas bromas tan políticamente incorrectas que sé que corro el riesgo de que la gente no entienda el sarcasmo y se crean que realmente soy racista. Piensen lo que les dé la puta gana. Yo voy a divertirme intentando tirarle del camello a golpe de caramelo.

Estamos en la cabalgata y me estoy divirtiendo como una enana cuando de repente, a unos pocos metros de distancia, veo a Héctor, mi terapeuta.

La situación me coge por sorpresa, ya que no esperaba encontrármelo aquí. Pero lo peor es que, cuando le llamo, me mira aterrado y me hace gestos ostensivos para que me calle. Y mientras aún me estoy preguntando qué cojones le pasa, llega una chica rubia y lo coge del brazo.

- Enrico, ¿qué pasa?
-Esta mina, que debe haberme confundido con alguien - responde Héctor, fingiendo acento argentino

Y se largan sin decir palabra. Me quedo pensando en qué bizarra situación de mierda se ha metido ahora mi psicólogo. Pero termino entendiendo que, por muchas vueltas que le dé, la cosa es tan jodidamente rara que no voy a adivinarlo ni en un millón de años.






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