La borrachera del sábado fue tan monumental que el lunes por la mañana todavía me dura. Me levanto hecha una mierda, así que llamo a Tania para decirle que hoy no puedo ir a trabajar.
Por lo general Tania es una tía supercomprensiva. Así que cuando me dice que ni hablar, me quedo blanca. Se pone tan chunga por teléfono que no me queda más remedio que terminar yendo. Cojo la primera camiseta que encuentro, unos vaqueros y salgo de casa.
Por lo general Tania es una tía supercomprensiva. Así que cuando me dice que ni hablar, me quedo blanca. Se pone tan chunga por teléfono que no me queda más remedio que terminar yendo. Cojo la primera camiseta que encuentro, unos vaqueros y salgo de casa.
Nada más llegar a su piso me lo explica todo. Cualquier otro día me hubiera dejado en paz, pero justo hoy tienen que venir a traerle unas lámparas persas y necesita que esté aquí para recogerlas y esconderlas. Me pide perdón por hacerme la putada, me da un beso y se larga.
Por si fuera poco Amanda tiene el día chungo y no para de llorar. Posiblemente es porque quiere ir al parque. Pero creo que siete meses es una edad ideal para descubrir que no se puede tener todo en la vida. Y menos cuando tu cuidadora necesita tumbarse y sobar un rato. Así que la dejo en su habitación, cierro la puerta y me dispongo a echarme una cabezada cuando me suena el teléfono.
¿Qué quién es? Pues una puta agencia de comunicación a la que le dejé el curriculum el jueves y que quieren verme esa misma mañana porque tienen que hacer una contratación urgente. Intento aplazarlo, pero me dejan claro que es ahora o nunca. Así que me levanto a toda hostia y me acerco a su oficina, donde hago la prometida entrevista. Que, todo sea dicho, no sale nada mal.
Nada mal para acudir con un bebé llorón en brazos, apestando a alcohol y llevando una camiseta que pone "Greatest bitch". Y encima les dejo con la palabra en la boca porque me llaman para avisarme de que el tipo de las lámparas ha llegado y tengo que ir a abrirle.
Te odio, ley de Murphy. Te odio, te odio, te odio, hija de la gran puta.
Por si fuera poco Amanda tiene el día chungo y no para de llorar. Posiblemente es porque quiere ir al parque. Pero creo que siete meses es una edad ideal para descubrir que no se puede tener todo en la vida. Y menos cuando tu cuidadora necesita tumbarse y sobar un rato. Así que la dejo en su habitación, cierro la puerta y me dispongo a echarme una cabezada cuando me suena el teléfono.
¿Qué quién es? Pues una puta agencia de comunicación a la que le dejé el curriculum el jueves y que quieren verme esa misma mañana porque tienen que hacer una contratación urgente. Intento aplazarlo, pero me dejan claro que es ahora o nunca. Así que me levanto a toda hostia y me acerco a su oficina, donde hago la prometida entrevista. Que, todo sea dicho, no sale nada mal.
Nada mal para acudir con un bebé llorón en brazos, apestando a alcohol y llevando una camiseta que pone "Greatest bitch". Y encima les dejo con la palabra en la boca porque me llaman para avisarme de que el tipo de las lámparas ha llegado y tengo que ir a abrirle.
Te odio, ley de Murphy. Te odio, te odio, te odio, hija de la gran puta.
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