Hogar, dulce hogar. No necesito irme de retiro espiritual a la India para descubrir que soy una puta materialista a la que le gustan los dormitorios sin cucarachas y los ríos en los que la gente no se baña masivamente. Los que sean felices así, allá ellos con su gilipollez. Yo estoy feliz en mi casita, descansando tranquilamente sin que nadie intente matarme, golpearme, violarme o todo junto.
Duermo tan bien que no escucho el despertador y me quedo dormida, por lo que, al abrir un ojo, pego un salto y me toca vestirme a toda leche. Con todo llego media hora tarde al curro.
Preparo mentalmente excusas que poder ofrecerle a Tania. Pero resulta que ni siquiera me ha esperado. Viendo que no llegaba, ha dejado a Amanda en la puerta de casa, con un post-it en la frente dirigido a mi persona, recordándome que tengo que ir a recoger unas vasijas turcas que ha comprado. A veces me pregunto si no debería llamar a asuntos sociales.
Llamo a Héctor usando el teléfono de Tania. Si me salta el prefijo internacional de las Bahamas o un país similar sin tratado de extradición, no quiero ser yo quien pague la tarifa. Pero esté donde esté mi psicólogo, no contesta a su teléfono. Hijo de puta.
De vuelta a casa me encuentro con Alberto. Debería sentirme avergonzada, lo sé. Pero hay tantas cosas que debería hacer y no hago que para qué molestarme. Lo único que me jode es una insinuación que hace de que su nueva novia cree que soy una mala influencia. Será cabrona. Nota mental: regalarle unos zapatos de cemento y un curso de submarinismo extremo.
El contestador está que echa chispas. Los primeros diez mensajes son de mis padres, maldiciéndome por haberles dejado encerrados. Borro toda la cinta sin ganas de escuchar nada más. Me voy a la cama, medianamente feliz. Mañana será otro jodido día.
No hay comentarios:
Publicar un comentario