En el primer día de trabajo me doy cuenta de que esto va a ser pan comido. El padre trabaja todo el día. La madre se reincorpora esa mañana a su puesto de media jornada porque es lo que hacen las feministas que no quieren que nadie piense que sólo sirven para cuidar a los niños. Y mientras, durante unas horas, yo me dedico a ver la tele, leer y pasear a Amanda por el parque. Guay.
Jose tiene pinta de malva. Un color que, dependiendo de la luz, se confunde con el azul o el negro. Un zorro en un gallinero. Tania, por su parte, es amarillo chillón. Extravagante y exagerada, pero muy fiable una vez que se logra mirar más allá de las apariencias.
De regreso a casa me encuentro a mi vecino en el ascensor. Se me queda mirando, con una media sonrisa en los labios.
- Lo siento, es que no te reconocía con los pantalones puestos - bromea
Estoy tentada de mandarlo a tomar por culo, pero en vez de eso sonrío como si fuera Kate Hudson. O una retrasada. Lo que viene a ser casi lo mismo. Después de lo borde que fui el otro día, siento que tengo que compensarle y que vea que en el fondo no soy tan bruja.
Me presento, le doy dos besos y así es como descubro que el chico se llama Alberto. Me intereso por su vida y me dice que es informático. Se ofende cuando le digo que entonces es un poco friki, y se pasa cinco minutos hablando sobre aspectos técnicos de su curro. Vamos, un friki.
- Y dime, ¿qué haces viviendo en este motel? - pregunto
- Es una larga historia
- Pues si es larga, entonces habrá que dejarla para otro día - me sale instantáneamente, sin darme cuenta, jodiendo de un plumazo todo mi esfuerzo por dar una buena imagen de mí misma.
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