El caos ha decidido instalarse en mi vida. Tengo tantos frentes abiertos que no sé por dónde diablos empezar. Fantaseo con la idea de coger un avión rumbo a Groenlandia y empezar una vez más de cero, pero lo descarto en seguida. Conociéndome, posiblemente la primera semana me follaría a dos esquimales, me metería en un lío con los cazadores de focas y lo jodería todo.
Supongo que ese es mi puto superpoder. Convertir en mierda todo lo que toco.
Me paso todo el día huyendo de la gente. De Alberto, que no deja de preguntarme si estoy bien mientras huyo por las escaleras en cuanto oigo que su puerta se abre. De Paolo, que no deja de mandarme whatssapps. De su novia, que hace lo mismo. Ahora que lo pienso, podría montar un grupo para que habláramos todos juntos. Y ya de paso montarnos un trío, no te jode.
Huyo de Shadow dancer, que exige reparación por la putada que le hice. Y ni se me ocurre acercarme por la consulta de Héctor, que parece empeñado en que le ayude a estafar a los rusos.
Las únicas personas con las que puedo hablar ahora mismo son Tania e Irene. O, como me gusta llamarlas, cabeza de chorlito 1 y 2. Aunque no tengo claro cuál es cuál.
Tania ignora por completo mis historias, mientras le da vueltas a si debería comprarse un ropero del siglo XVIII que ha visto en un catálogo de subastas. E Irene considera que la solución a todos mis problemas pasa por que me dé un masaje.
Llega la noche. Me pienso si debo llamar a Nico, pero al final descarto la idea. Demasiados problemas tengo ya, no necesito más complicaciones. Así que cojo mi vibrador y decido masturbarme hasta que se me duerme el brazo. Es, con diferencia, la decisión más inteligente que tomo en todo el día. Posiblemente en todo el mes.
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