lunes, 28 de enero de 2019

115. El día de la madre

Suena el timbre, repetidamente, y maldigo en voz alta. Son las 8 de la mañana. ¿Quién cojones se presenta en casa de alguien a las 8 de la puta mañana?

Al parecer, mi madre. Mi cara de horror al verla no es nada comparada con mi cara de horror cuando me fijo en que lleva una maleta consigo.

- Mamá, ¿qué haces aquí?
- Te he hecho caso y he dejado a tu padre. Por putero
- Técnicamente no estaba de putas sino en un striptease. ¡Y yo jamás te dije que le abandonaras!

Como es habitual, mi madre ni siquiera me escucha. Entra, se sienta en el salón y mientras sigue insultando al viejo logra colar un par de críticas sobre lo desordenada y sucia que tengo la casa. 

Sé que lo debe estar pasando mal. Pero si se queda aquí unos días yo lo voy a pasar peor, así que necesito quitármela de encima antes de que abra la maleta. Le explico que en este tipo de crisis uno siempre necesita un enfoque femenino, por lo que debería ir a casa de mi hermano.

- No, Tessa. Tú tenías razón cuando me decías que necesitábamos pasar más tiempo juntas
- Vale, yo jamás he dicho tal cosa. Y además. .. 

¿A quién quiero engañar? Mi madre no es un color, es el jodido arcoiris entero. Llega con las tormentas, se apodera del cielo y se queda allí el tiempo que le da la puta gana sin que uno pueda evitarlo o hacerla desaparecer.

Me resigno a aceptar que va a ser una semana complicadita. Nota mental: comprar más alcohol. 

- Como quieras, mamá. Te puedes quedar aquí hasta que aclares tus ideas. Lo que te llevará... ¿un par de días? ¿Una semana? 
- Creo que no lo has entendido, cariño. El resto de las maletas están abajo, en el taxi. Me vengo a vivir contigo  

Todo esto es culpa tuya, papá. Esta te la guardo, viejo cabrón.




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