Llevo un día de mierda. He dormido fatal, Amanda ha tenido una mañana de berrinches de esas que te hacen tenerle simpatía a Herodes y para colmo cae una tromba de agua el único día que no llevo el paraguas encima. Hasta los putos cojones.
Lo único que quiero es llegar a mi habitación, darme una ducha con agua caliente y dormir hasta que sea martes. Así que no, no es el mejor momento para encontrarme con Alberto en la escalera.
- Cuánto tiempo sin verte - me saluda, con un tonito que indica que aún está cabreado
- Es curioso. Yo tengo la impresión de que nos vemos demasiado
- No lo dirás por el sábado, ¿verdad? Porque vaya forma de ignorarme
- Eh, bonito, que fuiste tú el que se largó sin avisar dejándome sola en la discoteca
- Como si te hubiera importado lo más mínimo. ¿Acaso sabes a qué hora me fui?
- Sobre las 2.30 de la mañana
Las 00.50. No me he acercado ni remotamente. Es el problema de soltar respuestas al azar. Pero no me digan que no hubiera sido acojonante si llego a dar en el clavo.
No sé si espera una disculpa, o algo así. Pero tal y como va mi día ni siquiera va a conseguir el "algo así", de modo que intento escabullirme con una sonrisa. Pero Alberto se resiste a dejarme ir.
- Te invito a un café - me dice
- Mejor no. Sólo funcionaría si nada más llegar digo que voy al baño y te dejo tirado porque creo que no me haces caso. Y con el día de perros que hace no merece el esfuerzo salir sólo para eso
Sé que lo del café posiblemente era una ofrenda de paz. Y que además tiene razón con lo del sábado. Pero me da igual. Eso es lo peor, que con el día que llevo ni siquiera tengo remordimientos.
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