viernes, 4 de enero de 2019

74. Allanamiento de morada

- ¿Se puede saber qué diablos hago yo aquí? - pregunta Berto, con resignación
- Creí que había quedado claro que eres el responsable de arreglar mis problemas con internet
- Ya, ¿pero qué tiene que ver eso con entrar ilegalmente en una casa?
- ¿Quieres calmarte? Tampoco es algo tan grave - le responde Héctor, sonriente

Así es. Mi psicólogo, mi técnico y yo estamos delante de la puerta del imbécil de mi vecino, decididos a colarnos en su casa y eliminar cierta fotografía comprometedora. Para ser sincera, no les necesitaba... bueno, a Héctor sí, que algo me dice que es un experto abriendo puertas.

Pero Berto... no, no va a ser de gran ayuda, las cosas como son. Pero me gusta tener compañía cuando voy a cometer un delito. Siempre viene bien tener a alguien a quien le puedas cargar el muerto en caso de que te pille la poli.

Mientras mi chivo expiatorio vigila para que Alberto no nos vea (sería lo que me faltaba, tener al puto pepito grillo intentando convencerme de que no siga adelante con el plan), mi terapeuta, como suponía, sólo necesita una ganzúa y quince segundos para meternos dentro del piso.

Corro hacia el ordenador. Intento iniciar sesión, pero el hijoputa de Javier lo tiene protegido con clave. No estoy de humor como para ponerme a adivinar, así que corto por lo sano. Vaso de agua sobre la CPU, chispas y a tomar por culo. Ha sido más fácil de lo que me imaginaba.

- Tessa, sabes que aunque le hayas estropeado el ordenador, el mensaje sigue dentro de su correo, ¿verdad? - pregunta Berto, con algo de miedo ante mi respuesta

¿Seré gilipollas? Oscilo entre la vergüenza y el cabreo cuando Héctor me guiña un ojo y me dice que tiene la solución, que no me preocupe. Lo que, obviamente, hace que me preocupe el doble.






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