El truco para soportar la situación con mi hermano consiste, sin lugar a dudas, en coincidir con él lo menos posible en casa. Ojos que no ven, menos ganas me darán de arrancárselos.
Me levanto sin hacer ruido, me visto y justo cuando creo que voy a poder salir tranquilamente por la puerta, me lo encuentro sentado en el sofá, perfectamente arreglado. Me saluda y admite que me estaba esperando porque le apetece acompañarme al trabajo. Marrón. De los gordos.
Vale, admito que quizás no he sido del todo sincera sobre mi actual empleo. Puede que, para quitarme a la familia de encima, haya dejado caer que estoy contratada en una importante agencia de comunicación y no como niñera que factura en negro. Pequeños detallitos sin importancia.
Le digo que no se moleste, que me gusta pasear, pero el muy cabrito insiste en acercarme en coche. Así que improviso y le doy la dirección de la agencia de comunicación de Raúl.
Cuando llegamos a la puerta le doy las gracias y me bajo, pensando ya en cómo pillar un taxi para llegar a casa de Tania. Pero no, Rod decide que quiere escoltarme hasta mi oficina. Me parece muy mezquino que no se fíe de mi palabra y ponga en duda que realmente trabaje allí. Que ya sé que no lo hago, pero, ¡joder!, es mi hermano. Tendría que creerme.
Pongo cara de póker y entro saludando a gente a la que no he visto en mi puta vida. Y cuando llego al despacho de Raúl le llamo "jefe", sonrío y le digo que tengo acabado el trabajo que me pidió. Afortunadamente, no revienta mi tapadera. No creo que lo haga tanto por ayudarme, sino porque me parece que piensa que soy una desequilibrada y me tiene algo de miedo.
¿Qué necesidad tengo yo de empezar la semana con todas estas complicaciones? Lo tengo claro: o mi hermano se va voluntariamente en un par de días, o le descuartizo en la bañera.
No hay comentarios:
Publicar un comentario