viernes, 4 de enero de 2019

42. Provocaciones

Tras una mañana realmente aburrida (a no ser que estéis interesados en oírme hablar sobre cómo me he depilado las piernas, un tema que debería ser trending topic en twitter), a media tarde quedo con Alberto en un centro comercial abarrotado de gente. La idea, por supuesto, ha sido suya.

Me lleva a una cafetería donde nos atiende una camarera que parece haber sido criada por lobos analfabetos y que necesita tres intentos para anotar bien el pedido. Pero no pierdo la sonrisa, repito lo que quiero tantas veces como es necesario y hasta le doy las gracias.

Después me propone ir al cine. Acabamos viendo una película de Katherine Heighl, al lado de una familia que se ha traído al cine a su hijo pequeño, que empieza a llorar a mitad de la proyección. Lo entiendo. Desearía poder hacer lo mismo. Pero no protesto lo más mínimo.

A la salida caminamos hasta el parque, donde no sólo vemos a decenas de parejas besándose empalagosamente, sino que además nos tragamos la actuación de un grupo de entusiastas amas de casa cantando villancicos. Cuando acaban aplaudo y me acerco a felicitarlas.

Por la noche, ya de regreso en el motel, miro a Alberto con una mueca de satisfacción.

- ¿Qué? ¿Sorprendido con mi comportamiento?
- No sé a qué te refieres
- ¡Venga, hombre! Llevas provocándome toda la tarde a ver si salto, porque te parece divertido. Porque crees que esa soy yo, Tessa la quejica. Pero resulta que no me conoces tan bien como crees, ¿sabes? Tengo un lado sensible y mucho espíritu navideño. Como has podido apreciar.

Le dejo planchado. Creo que no se esperaba a esta otra Tessa. Sinceramente yo tampoco. Lo admito: el hecho de llevar drogada todo el día ha sido crucial a la hora de mantener la sonrisa.



No hay comentarios:

Publicar un comentario