Alberto me alcanza en coche hasta el aeropuerto. Cuando me voy a bajar le miro fijamente, le rozo la pierna con mi mano, acerco mis labios a su oreja y le susurro que necesito que me haga un favor: recoger las alfombras de Tania y llevarlas al almacén.
Vale, ha sido una jugada sucia por mi parte. Pero los que hay que tienen dinero, o carisma, o simpatía. Yo tengo dos tetas bien puestas y de vez en cuando tengo que sacarles partido.
En el avión se me sienta al lado una señora de mediana edad, con ganas de hablar. Me cuenta que va a visitar a sus hijos y ver a su nieto recién nacido, que no se lleva bien con su nuera, que lleva dos meses con una gripe mal curada... Pongo los ojos en blanco y suspiro con mala leche.
- Perdona - me pregunta, con sincera preocupación - A lo mejor te estoy molestando
- No, señora. Me está aburriendo. Eso es mucho peor
En mi contra, sé que me he pasado tres pueblos. A mi favor, la mujer se da media vuelta y no vuelve a dirigirme la palabra en todo el viaje. Sinceramente creo que salgo ganando.
Estoy comportándome como una cabrona porque sé lo que me espera nada más aterrizar. Mis padres se han ofrecido a ir a buscarme al aeropuerto, a pesar de que les dije que cogería el autobús. Pero insistieron en que no era ninguna molestia. Bueno, a lo mejor para ellos no.
Durante el trayecto a casa tienen tiempo de preguntarme por Mario, por mi nueva vida, si como bien, cuándo voy a dejarme de tonterías y volver a casa, recordarme un par de anécdotas vergonzosas del pasado, indagar si tomo drogas, criticar mi forma de vestir, recordarme que no tengo ahorros... Jamás 20 minutos se me habían hecho tan largos en toda mi puta vida.
Bienvenida a casa, Tessa. Van a ser unas vacaciones cojonudas.
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