viernes, 4 de enero de 2019

90. Crazy saturday

Para compensar la cantidad de días en los que mi vida ha sido aburrida de cojones, hoy me pasa de todo. Tómenselo con calma, esto llevará lo suyo.

De entrada, una aclaración. ¿Cómo consiguió Héctor sacar ayer la pasta sin que los chinos se enteraran? Fácil: no lo hizo. Escondió el dinero en una papelera y luego, cuando entró haciéndose pasar por poli, lo recogió. Un puto genio criminal. Qué pena que como psicólogo no esté a la altura.

Seis de la tarde. Héctor queda con los ucranianos en un bar de mala suerte y les entrega el dinero. Mientras, Nico y yo esperamos en una calle cercana, vestidos de negro, con pasamontañas y armas automáticas. No, no quiero entrar en detalles sobre esto último. A decir verdad ni siquiera sé si son de verdad o las compró en una juguetería. No sé qué me asusta más.

Suena mi teléfono. Creo que es Héctor, pero me equivoco. Se trata de "Shadow Dancer".

- Tessa, ¿qué cojones? Seguí tus consejos al pie de la letra. Me enrollé con la amiga de Lisa ¡y ahora ella dice que me odia! Peor aún, sus hermanos quieren darme una paliza
- Es parte de la estrategia, tú tranquilo. Aunque si pudieras dejar de ir al instituto una temporada...
- Ah, no. Tú me metiste en esto y tú vas a sacarme. Voy a tu casa.

Cuelga antes de que pueda decir nada. Suena el teléfono de nuevo. Pero no es el hacker, ni mi terapeuta, sino Alberto, que quiere saber a qué hora empieza la fiesta.

¡Hostia puta, me había olvidado! Es lo que ocurre cuando vives más tiempo de lo que pensabas. Le digo que coja su llave, entre en mi casa y vaya preparándolo todo, que yo llegaré más tarde.

Por fin llega la señal de Héctor. Nos encontramos con él a medio camino, nos cubrimos la cara, amenazamos con las armas a Luca y al otro tipo y les pedimos la bolsa con el dinero. Por un momento parece que va a ser sencillo... y luego todo se va a la mierda.

De repente aparecen los chinos. Putos Jackie Chans, no sé de dónde cojones han salido. Pero siguen gritando y llevan unas pipas que esas sí que estoy segura de que son auténticas.

Justo cuando me estoy cagando en los muertos de todo el mundo, pasa una cosa imprevista. Caigo en la cuenta de que los ucranianos creen que trabajamos con los chinos y los chinos creen que trabajamos con los ucranianos. ¡Nadie se percata de que los estamos estafando a ambos!

Hablando se entenderá la gente, pero lo de empezar a disparar da resultados mucho más rápidos. De repente nos vemos envueltos en un fuego cruzado todos contra todos digno de una peli de Tarantino. Definitivamente es hora de salir por patas.

Intento convencer a Héctor de que no le gustaría un piercing en forma de bala en el estómago, pero aún así insiste en no irse sin la bolsa del dinero. Finalmente logra agarrarla y salimos a toda leche, dejando que chinos y ucranianos estrechen lazos comerciales.

Nos cambiamos y nos tranquilizamos un poco. Invito a mis colegas a mi casa a tomar una cerveza para relajarnos. Sí, de nuevo me he olvidado de la puta fiesta. Y cuando entramos por la puerta...

Intentaré describir la situación. Mario, mi ex, ha conocido a Javier, mi acosador, que vete tú a saber qué cojones hace en la fiesta. Primero intercambian diferentes puntos de vista sobre quién me merece más y luego ya, directamente, Mario intercambia un cabezazo sobre la nariz de mi vecino.

Mi madre está enseñándole a Raquel y a Bea mis fotos del portátil cuando ve, por este orden: a) Mi foto desnuda  b) El chat de cibersexo con mi ex. c) La foto de Rod como drag queen. Le da tal dolor de cabeza que mi amiga le ofrece una aspirina. Sólo que no es una aspirina.

Qué marcha tiene la vieja cuando va drogada...

Shadow Dancer entra a toda leche en el salón, llevándose por delante a Irene. Normalmente me parecería de muy mala educación, pero el hecho de que le persigan cuatro adolescentes con bates de baseball me parece un buen atenuante.

No se vayan todavía, que aún hay más.  Porque justo detrás aparecen ucranianos y chinos que parecen haber llegado a un acuerdo para aunar fuerzas. Al parecer mis amigos amarillos tenían un localizador en uno de los fajos de billetes. Así es como nos encontraron la primera vez y así es como han llegado hasta donde estamos.

Ven a los chavales con bates de baseball, los toman por los atracadores y comienzan a pegarles. Sin querer le dan a Paolo, que se suma a la pelea, llevándose a mi padre por delante. Mi madre, puestísima de éxtasis, le está echando los tejos a César. Alberto trata de poner orden y se lleva un sillazo de alguien, no sé bien de quién. Héctor se escapa por la ventana. 

Sólo falta un mono tocando el ukelele en este puto camarote de los Hermanos Marx.

Llega un momento en el que sólo veo sillas volando, comida desparramada por el suelo y gente que grita. No estoy quedando como la mejor anfitriona del mundo, lo sé. Entonces, por fin, llega la policía. Evidentemente, como no podía ser menos, se trata del poli al que me follé. Nos detienen a todos, incluida Bea y mis padres. Mi madre, por cierto, ya va en sujetador.

Algún día me acordaré de todo esto y me reiré, sí. Posiblemente cuando tenga noventa años y demencia senil...




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