Me tiño de pelirroja y me pongo un top que resalta mis tetas hasta la exageración. Así, con un poco de suerte, los chinos no se acordarán de mi cara y no me perseguirán más adelante. Aunque para eso debería primero sobrevivir esta noche, claro está.
Héctor lleva un mostacho falso y una peluca. Morir es chungo. Morir con esas pintas resulta, además, humillante. Pero él parece muy seguro de lo que está haciendo. Entramos en el garito.
Sinceramente no tengo ni puta idea de cuál es el plan. Mi compi me ha dicho que me lo explicará cuando llegue el momento. Por ahora lo único que sé es que, tras jugar un par de veces a los dados, se excusa para ir al cuarto de baño. Creo que está más nervioso de lo que intenta aparentar.
Eso pensaba, sí. Pero cuando pasan veinte minutos y aún no ha regresado, empiezo a mosquearme. Y cuando veo a unos chinos con cara de mala leche pegando chillidos, me doy cuenta de que el muy cabrón ya les ha robado el dinero. Yo era el señuelo. Su puta madre.
Los chinos serán pequeños, amarillos y graciosos cuando hablan, pero no son imbéciles. No tardan en atar cabos y en darse cuentas de que mi socio es quien les ha levantado la pasta. Y claro, yo soy la única idiota que aún está allí, así que empiezan a acercarse, y no para pedirme un autógrafo.
No puedo creer que el hijo puta de Héctor me haya vendido de este modo. Estoy a punto de empezar a gritar, cuando escucho el sonido de una sirena de la policía. ¡Lo que faltaba! Una redada.
Dos policías entran en el garito y, antes de que pueda explicarme, me sacan esposada. No tengo ni puta idea de por qué, pero si eso significa poner distancia con los chinos, no pienso protestar.
Ya estoy en la calle cuando caigo en la cuenta de que conozco a los dos maderos. O presuntos maderos. Nico y Héctor, disfrazados. Qué cabritos, después de todo lo tenían bien pensado...
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