El motel en el que me alojaba parecía regentado por Norman Bates, sí. Y cada vez que me metía en la ducha me entraban escalofríos. Pero al menos tenía wifi gratis. En mi nueva vivienda los vecinos son todos unos puntos rácanos avariciosos que mantienen sus conexiones cerradas con claves indescifrables. Lo sé porque llevo toda la semana intentando adivinar alguna.
Al final no me ha quedado más remedio que contratar una línea de adsl y pagarla con mi dinero. Vale, con el dinero de mi padre. Pero cuando muera me corresponderá un porcentaje, así que técnicamente sigue siendo mi dinero, sólo que sometido a una pequeña paradoja temporal.
El tipo de la instalación, un tal Berto, se presenta a eso de las cinco de la tarde sin ganas de trabajar. Me explica que la cosa no es tan sencilla y que, siendo viernes y eso, posiblemente hasta el lunes o martes no vaya a poder tenerlo todo listo. Yo le escucho atentamente y, cuando termina de hablar, le juro que si sale del apartamento sin que yo disponga de internet, gritaré "violación".
Es una jugada sucia, lo sé, pero media hora más tarde ya puedo navegar por la red. De todos modos, como no me fío un pelo, le obligo a darme su número de teléfono, le miro fijamente a los ojos y le hago saber que si tengo algún problema le haré directamente responsable.
Paso el resto de la tarde chateando y, por la noche, salgo un rato con el grupo de Irene. Vuelvo pronto, a eso de las tres de la mañana. Antes de irme a dormir enciendo el ordenador para revisar mi correo. O al menos eso intento, porque la puta conexión no funciona.
Sin dudarlo dos veces cojo el teléfono para hablar con mi querido amigo Berto. Por su tono de voz creo que estaba durmiendo, pero no importa. Mis gritos lo espabilan rápidamente.
Si se creía que por la tarde estaba de broma, bien, ahora ya sabe que no era así.
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