Por primera vez en todo el tiempo que lo conozco, Héctor parece genuinamente interesado en lo que le estoy contando.
- A ver si lo he pillado. Vas a impedir que Bea se case con Alberto aunque tengas que recurrir a la violencia física. Tessa, tía, estás mal de la cabeza.
- Se supone que te lo estoy contando para que me des consejos, no para que me juzgues, cabrón
- ¿Prefieres que te cuente lo de los rusos?
- Juzga lo que quieras
Pensé que hablar con la persona con menos moralidad que conozco me haría sentir mejor, pero no, aquí estoy, cabreada como una mona, viendo cómo el tío al que le pago 100 pavos la hora se está despollando en mi cara.
- ¿Qué ha pasado? ¿De repente has empezado a sentir algo por él?
- ¿Qué? ¡No! ¡No me insultes, joder! Me cae bien, pero de ahí a follar con él hay un paso
- Recapitulemos entonces. Es tu amigo, quieres que sea feliz, parece que Bea le hace feliz, no te atrae, no quieres tener una relación con él, pero vas a hacer lo imposible por destruir su relación. ¿Es correcto?
Juro que no soy la reencarnación de Hitler. Hasta yo sé que me estoy comportando como una auténtica hija de puta egoísta. Pero no puedo evitarlo. Alberto es la única persona que me miraba como si yo no fuera una causa perdida y me gustaba esa sensación. Me gusta tanto que estoy dispuesta a demostrar lo jodidamente equivocado que está al pensar que merezco la pena.
Mi psicólogo se queda pensativo, suspira y me mira con seriedad.
- Tessa, es mi deber decirte esto. Si sigues por ese camino, si sigues siendo tan rematadamente cabrona...corro el riesgo de acabar enamorándome de ti
Y luego se ríe de nuevo, el muy desgraciado.
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