Admito que no recuerdo toda la conversación del viernes con Raquel. Sé que empezamos hablando de ropa y que, entre la quinta y la sexta copa, ya estábamos comparando tipos de vibradores. A partir de ahí tengo una nebulosa, y casi mejor así. Dudo que quiera saber qué acabé diciendo.
Pero sí me acuerdo que Raquel aprovechó para contarme la historia de Alberto. Al parecer mi vecino estaba prometido con una tía con la que llevaba saliendo ocho años. La hostia. No creo que tenga una sola prenda de ropa que me haya durado tiempo, así que de novios mejor ni hablamos.
Pues bien, el año pasado Alberto le propuso matrimonio. Ella dijo que tenía que pensárselo. Al parecer es de las que piensan mejor dándose un revolcón con un desconocido, porque eso es lo que hizo. Durante cuatro meses. Con lo que supongo que al final ya no era tan desconocido.
Se lo podría haber callado. Se lo debería haber callado. Pero la muy puta se lo confiesa todo y le pide perdón. Y mi vecino, estúpidamente, la acepta de nuevo. Eligen fecha para la boda, mandan las invitaciones, hacen todos los jodidos preparativos. Y en el último momento ella se vuelve a echar atrás y le dice que ha conocido a otro. Destrozado, él abandona el piso y se viene al motel.
Es una putada. Con el agravante de que le ha pasado a un tío que, a pesar de las apariencias, me cae muy bien. Así que, en un raro gesto altruista, decido invitarle a cenar. Para que no esté solo.
Hay una parte de mí que grita que es una mala idea. Que aunque me crea la jodida Madre Teresa de los novios puteados, en realidad no le estoy haciendo ningún favor. Porque terminará enamorándose de mí y al final voy a hacerle más daño.
Es un buen consejo, pero lo desoigo. Porque me creo muy lista, porque quiero demostrarme que puedo ser buena. Joder, Tessa del pasado. Ya te podrías haber quedado quietecita.
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