Invito a Alberto a comer a un buen restaurante. Con el caos que ha sido últimamente mi vida soy consciente de que le tengo bastante descuidado, así que, como buena amiga que soy, decido ponerle remedio a la situación. Vale, el hecho de que odie a la zorra de su novia quizás también haya tenido un poquito que ver en este arrebato de camaradería.
Juego sucio, no voy a negarlo. Me pongo un top ajustado que, unido al sujetador push up que llevo, hace que sea imposible no fijarse en mis tetas. Y por si fuera poco no dejo pasar la ocasión para restregarme con Alberto, como quien no quiere la cosa. Me esfuerzo tanto que estoy convencida de que hoy podría recuperar para la causa hasta a Ricky Martin.
Pero el muy gilipollas hace como si no se enterara. Sonríe mucho y, cuando le pillo mirándome el culo, se ruboriza y aparta rápidamente la vista. Me cago en sus putos muertos, no me he puesto la falda más corta e incómoda del mundo para que se comporte así.
El almuerzo se convierte en un helado de sobremesa (sí, lamo el puto cucurucho como si no hubiera mañana, nunca he dicho que sea una persona sutil) y luego me lo llevo al cine a ver una comedia romántica. ¡Una jodida comedia romántica! Así de desesperada empiezo a estar.
Volvemos a casa al anochecer. Y justo cuando estoy a punto de rendirme, me coge de las manos, me mira a los ojos y, en voz bajita, me susurra:
- ¿Puedo confesarte una cosa?
Adiós, Bea. Ha sido divertido pero ya puedes regresar a tu puta mazmorra, bruja de los cojones.
- Creo que jamás he sido tan feliz como con Bea. Es la mujer de mi vida.
¿Qué? ¿Queeeeeeé? O sea, ¿qué coño? Mantengo la compostura y sonrío. Y luego el muy gilipollas me da las gracias por ser su mejor amiga y me da un beso en la mejilla. Si no fuera tan memo pensaría que es el mayor calientacoños que he conocido nunca. Pero no, lo hace sin malicia.
Entro en mi piso y reflexiono sobre todo lo que ha pasado. ¿Y si realmente es feliz? ¿Y si ha encontrado el verdadero amor, eso a lo que todo el mundo aspira? Si alguien se lo merece es Alberto, y en ese momento me siento absoluta y genuinamente contenta por él.
Afortunadamente se me pasa enseguida. Lo siento, chiquitín, tendrás que conformarte con un amor de medalla de plata, porque no pienso permitir que esa cerda se salga con la suya.
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