viernes, 4 de enero de 2019

41. La mala leche viene de fábrica

Hace años una amiga me dijo: "Tessa, eres una tía genial...en pequeñas dosis". Y se quedó tan pancha, la muy cabrona. El problema es que tenía razón. Porque no soy una de esas idiotas postmodernas que se creen guays por dar la nota. No, lo mío es genuino. Soy así de hija de puta sin ningún esfuerzo ni necesidad de fingirlo para agrandar mi leyenda.

Y yo estoy a gusto con ello, pero entiendo que la gente que me rodea termine hasta los huevos de mí. Porque en el fondo a todos nos gustan los finales felices y las historias de redención. Por eso caía bien Sawyer en "Perdidos": porque debajo de su apariencia de cabronazo se escondía un verdadero héroe (bueno, por eso y porque estaba como un queso)

Así que la gente me ve cagarla una y otra vez y se dicen "ay que ver cómo es nuestra Tessa". Porque esperan que cuando llegue el momento de la verdad les sorprenda demostrando que soy una tía legal, una gran amiga, una persona cojonuda. Joder, realmente esperan eso. Qué pardillos.

Es culpa suya, no mía. Yo no prometo nada salvo que seguiré siendo una capulla narcisista. No hay más, lo que ves es lo que compras. Pero da lo mismo la de veces que lo expliques: nunca te creen. Y cuando se llevan el palo te echan la culpa, como si hubieras traído la peste bubónica sobre su aldea, o algo así. Y en el fondo les entiendo, aunque el fallo sea de ellos.

Las cabronas como yo somos divertidas en pequeñas dosis. Hasta que te cruzas con nosotras. Hasta que te toca sufrirnos. Entonces nos convertimos en el doctor House. Ese personaje que nos cae bien porque no es real y lo vemos de semana en semana. Porque si fuera de carne y hueso y nos tocara aguantarlo en un hospital, estaríamos hasta los cojones y no querríamos tenerlo cerca.

Pues esa soy yo. Y lo peor es que no me estáis creyendo. Que os jodan, yo lo he intentado.




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