Por fin llegó el día. Alberto y yo empezamos a cargar cajas en su coche y nos largamos para siempre del motel. Es necesario dar tres viajes (vale, lo admito, él acaba a la primera; soy yo la que necesita los tres viajes) lo que nos ocupa buena parte del día. Y por la noche lo celebramos tomando unas cervezas en mi nuevo apartamento.
Le pregunto por su ex, para que pueda desahogarse a gusto. Y luego, ya con un par de birras encima, me siento sobre sus rodillas y le pregunto cuánto tiempo hace que no folla.
- Demasiado - me dice con una de esas sonrisas que significan que la broma no tiene ni puta gracia
- ¿En serio? Joder, tenemos que hacer algo al respecto
- Tampoco pasa nada
- ¿Qué no pasa nada? ¿Qué quieres? ¿Que te crezca vagina y se te reconstruya el himen? No, esto no puede seguir así. Eres agradable, divertido, estás bueno y...
Y entonces, sin mediar palabra, cogiéndome por sorpresa, Alberto intenta besarme
- Espera - le digo, poniendo la mano entre sus labios y los míos - Esto no te conviene, lo digo en serio. ¿Sabes esas historias en las que la chica mala al final resulta no serlo tanto y se queda con el tipo simpático y agradable? Pues no es mi caso, te lo aseguro.
Le miro esperando que se eche a reír y podamos seguir disfrutando de la velada. Pero su reacción es bastante diferente. Se levanta y se larga a toda leche pegando un portazo.
Por un momento me siento realmente confusa. Entonces comienzo a repasar mentalmente la conversación y ato cabos. La hostia. El día que la Real Academia de la Lengua decida admitir en el diccionario la palabra "calientapollas", seguro que me pedirán una foto para ilustrar el término.
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