viernes, 4 de enero de 2019

64. Segunda oportunidad

El teléfono suena a las seis y media de la mañana. Estoy a punto de contestar con una retahíla de insultos variopintos, pero en el último momento me contengo. Afortunadamente, he de decir. Porque quien llama es Raúl, el tipo de la agencia de comunicación del otro día. No me pregunten por qué, pero quiere verme de nuevo. Increíblemente me está dando una segunda oportunidad.

Me muestro tan agradecida que hasta doy asco. Llamo a Tania para exigirle que me dé el día libre, me ducho, me pongo mis mejores galas y salgo de casa decidida a que esta vez todo salga genial.

A medio camino mi móvil suena de nuevo. Lo cojo creyendo que se trata de Raúl. Pero no, es Irene. Está llorando a moco tendido. Al parecer el maromo con el que ha estado fornicando todo el fin de semana ha resultado ser un ladrón que, antes de irse, le ha levantado algunas joyas.

Le digo que es una putada, sí, pero que ahora no tengo tiempo para eso. Y entonces me suelta que está tan deprimida que se ha tragado un bote de pastillas. Lo que, claro, me obliga a dar media vuelta e ir a toda leche a su casa.

Al final resulta que, para Irene, la definición de "todo un bote" es haberse tomado cinco putas aspirinas. Aún así, se las arregla para vomitarlas sobre mi blusa. Encima no deja de llorar así que, después de considerar la opción de amordazarla, no tengo más remedio que llevármela conmigo.

Llego cuarenta minutos tarde a la entrevista con la blusa manchada y oliendo a vómito. Aún así, sonrío e intento hacer como si no pasara nada. Hasta que Irene, a la que he dejado en el vestíbulo, abre la puerta, medio borracha, y comienza a gritar que todos los hombres son unos cerdos.

Está claro que no voy a conseguir este trabajo. Pero la pasta que me has hecho perder, eso me lo vas a resarcir, Irene. Hasta el último céntimo. Vaya que sí.




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