1.35 a.m. del domingo. Saludo a mi querido poli y le obligo a decirme qué vecino se ha chivado. Al principio se muestra reticente, pero en cuanto le prometo una segunda cita no tarda en cantar.
Son una pareja joven. Me acerco a su puerta y les invito a unirse a la fiesta. Ella es reacia, pero cuando no mira me levanto la camiseta y consigo tener al marido de mi parte. Solucionado.
Regreso a tiempo de ver a mis amigos de la mafia ucraniana husmeando por mi salón. Les explico que quizás sea un problema lingüístico, pero que "no conozco a Héctor" significa que por más que me sigan no van a dar con él. Pero ya que están aquí, les animo a que se queden y beban algo.
Mientras se sirven un vodka salgo corriendo a avisar a Héctor, que sigue hablando con Nico. Al verme, mi terapeuta me saluda por mi nombre, lo que da al traste con mi alter ego de Olimpia. Genial, ahora todos mis polvos saben cómo me llamo y dónde vivo. Lo que siempre he querido.
Resulta que él es quien ha traído a Nico porque, lo van a flipar, es su colega y corredor de apuestas. Por un momento me planteo lo de dejar que los ucranianos le corten los huevos en mi salón. Pero las manchas de sangre son jodidas de quitar, así que decido contarle lo que ocurre.
Clara me intercepta en la cocina. Sospecha que su novio le puso los cuernos en Nochevieja y me pregunta, inocentemente, si yo vi algo. Miento como una bellaca y salgo a toda leche de allí.
Esto me supera. He llegado a mi límite, así que opto por dejar de preocuparme, agarrar una botella de whisky y beber hasta que pierda el conocimiento. Cosa que, eventualmente, termina pasando.
Irene me despierta a las cinco de la tarde. Es la última que queda, todo el mundo se ha ido ya. Y me dice, sonriente, que monto unas fiestas de puta madre. Y me pregunta cuándo será la siguiente. Me entra un ataque de risa, hasta que descubro que las carcajadas no le sientan bien a mi resaca.
Resulta que él es quien ha traído a Nico porque, lo van a flipar, es su colega y corredor de apuestas. Por un momento me planteo lo de dejar que los ucranianos le corten los huevos en mi salón. Pero las manchas de sangre son jodidas de quitar, así que decido contarle lo que ocurre.
Clara me intercepta en la cocina. Sospecha que su novio le puso los cuernos en Nochevieja y me pregunta, inocentemente, si yo vi algo. Miento como una bellaca y salgo a toda leche de allí.
Esto me supera. He llegado a mi límite, así que opto por dejar de preocuparme, agarrar una botella de whisky y beber hasta que pierda el conocimiento. Cosa que, eventualmente, termina pasando.
Irene me despierta a las cinco de la tarde. Es la última que queda, todo el mundo se ha ido ya. Y me dice, sonriente, que monto unas fiestas de puta madre. Y me pregunta cuándo será la siguiente. Me entra un ataque de risa, hasta que descubro que las carcajadas no le sientan bien a mi resaca.
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