Me he levantado depre. ¿Por qué? Ni puta idea. Y no tengo maldito interés en psicoanalizarme y descubrir los motivos ocultos. Con que se me quite la tristeza me vale.
Le cuento cómo me siento a Amanda, pero es lo que tienen las niñas de 6 meses, que sus consejos no valen de mucho. O eso, o la cabrona se estaba descojonando de mí, porque no ha dejado de reírse en todo el día agitando su sonajero.
Vuelvo del trabajo al motel directamente y me encierro en la habitación. Enciendo la tele, noto que sigo nerviosa y entonces miro mi teléfono. Me digo "no lo hagas", "¿por qué no?", "en serio, no lo hagas", "venga, porfa", "haz lo que te dé la puta gana", y entonces llamo a Mario.
No he hablado con él desde que me fui de casa, principalmente porque no me apetecía escuchar sus lloriqueos. Pero hoy se trata de mis lloriqueos, y mi ex siempre fue un buen oyente. Así que inicio una conversación en la que simulo que mi único interés es saber cómo se encuentra, hasta que pasados unos minutos puedo pasar a desahogarme sin sonar del todo desesperada.
Me dice que me echa de menos y me sorprendo diciéndole que yo también a él, lo que le lleva a anunciar que le gustaría venir a visitarme el siguiente fin de semana, y yo le digo que me parece genial. Y entonces me dice que está ocupado y que tiene que dejarme. Y cuando cuelgo me doy cuenta de que me han tangado, que él ha conseguido más que yo de esta conversación.
Llamarle ha sido un error, porque ahora sigo triste y encima me siento un poco gilipollas, con lo que mi mal humor se acrecienta.
Me doy un relajante baño caliente y me masturbo. La tristeza, con un orgasmo, siempre se lleva un poquito mejor.
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