Le estoy hablando a Héctor de Raúl cuando mi psicólogo, por este orden, pone los ojos en blanco, niega con la cabeza y comienza a darse golpes contra la mesa.
- No, Tessa, tú no. Tú eres divertida. Para escuchar chorradas sentimentales ya tengo al resto de mis pacientes
- Ya, bueno. ¿Sabes qué más tengo en común con ellos? ¡Que también te pago para que escuches mis problemas! Soy yo quien decide de qué coño hablamos, no tú
- ¿En serio? Pues vaya mierda de profesión he elegido
Le fulmino con la mirada y se calla. Por un momento, ingenua de mí, creo que me va a pedir perdón y comportarse como un auténtico terapeuta y/o amigo. Pero en vez de eso, una vez coge aire, cambia de tema y comienza a hablarme de una idea que se le ha ocurrido para estafar a su seguro.
El cabrón es ágil. Logra apartarse a tiempo cuando le tiro la grapadora a la cabeza.
- Hablo en serio, Héctor. Creo que este tipo me gusta - admito, más asustada de lo que realmente pensaba - No sé, a lo mejor me creo tan guay y tan especial y en el fondo soy como la mayoría de la gente. Quizás lo único que necesito para sentirme feliz es esto, conocer a un tipo que me guste, que yo le guste a él, tener un trabajo estable y llevar una vida normal.
Es la primera vez que lo digo en voz alta y me siento aterrorizada. Sobre todo porque creo de corazón que puede ser verdad. Al verme tan desesperada, Héctor, con cara de pena, pone sus manos sobre mis hombros.
- Tessa, con respecto a tu paranoia sobre lo que necesitas para ser feliz, tengo una buena y una mala noticia. La buena es que, pienses lo que pienses, no eres ese tipo de persona
- ¿Y la mala?
- Que no eres ese tipo de persona
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