viernes, 1 de febrero de 2019

119. Ayudando a mamá

- Por última vez, Tessa. ¡No estoy interesado!
- ¡Joder, Berto! ¿Qué tiene de malo mi madre? Para tener más de sesenta años se conserva bastante bien. Y tú tampoco eres gran cosa, deberías rebajar un poco el listón, ¿no crees?

El muy cabrón me cuelga. Y eso que estoy convencida de que serían la pareja perfecta...o no, yo qué coño sé, pero es la primera persona que se me ha venido a la cabeza. Nada más levantarme me he dado cuenta de que mi madre está muy sola y necesito buscarle compañía. Vale, lo admito. Lo que necesito es que se largue de aquí a toda prisa.

Visto que mi plan A ha fallado, a regañadientes me toca pasar al de emergencia. Así que marco el teléfono y llamo a mi padre.

No está contento de oírme. No es una suposición mía, lo dice expresamente, para que me quede claro. Me armo de paciencia y aguanto el chaparrón. Lo que haga falta con tal de que se lleve a mi madre lejos de aquí y puedan volver a ser un matrimonio feliz, o infeliz, o lo que sea, pero muy lejos.

- Papá, mamá te echa muchísimo de menos. No deja de decirme cuánto te quiere - miento como una bellaca y sin remordimientos - Así que creo que si tan sólo la llamaras disculpándote...
- ¿Disculparme con esa vieja arpía? ¡Me lleva amargando treinta años y ahora por fin soy libre! Dile que ni se le ocurra volver. Por cierto, he estado mirando el extracto del banco y he visto que...

Cuelgo. Mi madre aparece por el salón, para cotillear un poco.

- Era papá. Dice que te quiere, que lo siente y que por favor vuelvas con él

Lejos de ablandarse, mi madre comienza a soltar nuevos improperios hacia el viejo, que me hace intuir que no habrá una reconciliación a corto plazo. En fin, tendré que llamar luego de nuevo a Berto. Quizás a las tres de la mañana esté más receptivo.




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