domingo, 10 de febrero de 2019

128. Un sábado de lujo

Me vengo a pasar el día a la mansión de Irene y lo hago sola. Podría decir que es porque sigo cabreada por lo del jueguito (que sí) o porque sé que Irene quiere que le dedique tiempo a ella (que también). Pero en realidad es porque me mola la idea de que estos momentos sean sólo míos. Si Raúl quiere disfrutar de fiestas locas en chalets de lujo, que se busque su propio amigo multimillonario.

El lugar, como siempre, está abarrotado. Avanzo entre una multitud de desconocidos hasta que localizo a César que, nada más verme, me planta una copa en la mano. Miro el brebaje con desconfianza. Es de color rosa y parece jarabe para bebés.

-  ¿Qué coño es esa mierda? - pregunto
- Tiene alcohol

En realidad es todo cuanto necesito saber, así que acepto la copa y me la bebo de un trago. No sabe nada mal. La segunda sabe aún mejor. Y la quinta ya es un puto orgasmo. Ah, qué sería de la vida sin alcohol...

Me lo paso de cojones, como en mis mejores tiempos. Las horas pasan, la gente empieza a darse el piro, César se marcha con un chavalín al que mejor no pedirle el carnet de identidad, para tener alguna excusa que contarle al juez en caso de necesidad, y ya de noche sólo quedamos Irene y yo, disfrutando en bikini de las bondades de su jacuzzi. En la puta gloria.

- Tessa, tú sólo me quieres sólo porque soy rica, ¿verdad? - pregunta de repente
- Bueno, es uno de tus mayores atractivos 

Si quiere una respuesta moñas, se ha equivocado de persona y debería saberlo. Pero entonces la oigo suspirar y me doy cuenta de que realmente habla en serio.

- Eres mi mejor amiga, ¿lo sabías? - me confiesa
- Irene, no me jodas. Que me conoces desde hace unos pocos meses
- Aún así

Esto no me lo esperaba y me deja sin palabras. Supongo que la situación invita a reflexionar sobre la verdadera amistad, el impacto que tenemos en lo demás y cómo se forjan los vínculos. El problema es que estoy demasiado borracha como para perderme en pensamientos profundos.






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