Convenzo a Alberto de que organice una cena en su casa con toda la pandilla. Lo único que me callo es que no voy a aparecer sola, sino con mi flamante nuevo novio.
Oh, sí. He dicho novio. Joder, no soy el puto Terminator, me está permitido tener sentimientos. Eso sí, si me veis suspirando mientras miro fijamente a las nubes o me pongo a tallar corazones en los bancos del parque, tened clemencia y pegadme un tiro.
Sólo por ver la cara que pone Bea al abrir la puerta y vernos comiéndonos a besos, la velada ya ha merecido la pena. Paolo y Clara me miran con odio, mientras Alberto y Raquel lo flipan un poco, aunque no tanto como el pobre Sergio. Sí, ya sé que yo le gustaba, y que pasarme toda la cena restregando mi pierna por el paquete de Raúl mientras cuento nuestro maratón sexual de la noche anterior quizás sea de un ligero mal gusto. Qué puedo decir, así es la vida.
La noche resulta de lo más divertida. Divertida para mí, los demás parecen bastante incómodos con la situación. Lo noto por el modo en que nadie insiste en que nos quedemos cuando, después del postre, comento que es hora de que mi chico y yo nos vayamos a follar como monos en celo. Nos despedimos y meto a Raúl en mi piso, mientras sonrío satisfecha. Esto es mejor que un orgasmo. Bueno, casi mejor.
- ¿Y tu madre? - pregunta extrañado
- Dormida. La drogué esta tarde para que se quedara frita y no diera el coñazo
Raúl se ríe. Al darme cuenta de que piensa que estoy de broma, yo también me echo a reír. Por si las moscas, que nunca se sabe.
- ¿Sabes? Me siento un hombre objeto - comenta divertido - Tengo la sensación de que esta noche me has invitado a cenar con tus amigos sólo para exhibirme y putearles un poco
- No sé cómo puedes pensar eso de mí - respondo indignada - Y ahora, ¿te importa si esperamos ocho minutos antes de ir a tu casa? Es que, según mis cálculos, es lo que tarda mi vecino Javier en volver de pasear a su perro, y así nos lo podemos cruzar en la escalera
Sólo por ver la cara que pone Bea al abrir la puerta y vernos comiéndonos a besos, la velada ya ha merecido la pena. Paolo y Clara me miran con odio, mientras Alberto y Raquel lo flipan un poco, aunque no tanto como el pobre Sergio. Sí, ya sé que yo le gustaba, y que pasarme toda la cena restregando mi pierna por el paquete de Raúl mientras cuento nuestro maratón sexual de la noche anterior quizás sea de un ligero mal gusto. Qué puedo decir, así es la vida.
La noche resulta de lo más divertida. Divertida para mí, los demás parecen bastante incómodos con la situación. Lo noto por el modo en que nadie insiste en que nos quedemos cuando, después del postre, comento que es hora de que mi chico y yo nos vayamos a follar como monos en celo. Nos despedimos y meto a Raúl en mi piso, mientras sonrío satisfecha. Esto es mejor que un orgasmo. Bueno, casi mejor.
- ¿Y tu madre? - pregunta extrañado
- Dormida. La drogué esta tarde para que se quedara frita y no diera el coñazo
Raúl se ríe. Al darme cuenta de que piensa que estoy de broma, yo también me echo a reír. Por si las moscas, que nunca se sabe.
- ¿Sabes? Me siento un hombre objeto - comenta divertido - Tengo la sensación de que esta noche me has invitado a cenar con tus amigos sólo para exhibirme y putearles un poco
- No sé cómo puedes pensar eso de mí - respondo indignada - Y ahora, ¿te importa si esperamos ocho minutos antes de ir a tu casa? Es que, según mis cálculos, es lo que tarda mi vecino Javier en volver de pasear a su perro, y así nos lo podemos cruzar en la escalera
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