lunes, 11 de febrero de 2019

129. Leonas

Las resacas siempre son un infierno. Pero las resacas con tu madre aporreando la puerta de tu cuarto a las 9 am ya son la reostia. Joder, esto me pasa por hacerme la dura con Raúl e intentar castigarle con mi ausencia. Nota mental: llamarle y arreglar las cosas con tal de poder dormir esta noche en su casa, que no necesariamente con él. Me importa más el silencio que el sexo.

- ¿Sí, mamá? - pregunto, con voz de camionero
- Creo que ese tal Luca trabaja para la mafia rusa - susurra
- Eso es falso, mamá. Sus jefes son de la mafia ucraniana, los rusos no tienen nada que ver

Y le cierro la puerta en las narices, dispuesta a seguir durmiendo unas cuantas horas.

No vuelvo a la vida hasta las seis de la tarde, con mis neuronas supervivientes ya medianamente asentadas. Me ducho y salgo hacia el piso de mi novio. En el rellano me cruzo con Bea, que justo llega en ese momento. Qué suerte la mía.

- Tessa, una pregunta. ¿Para la boda te apunto a ti sola o con pareja?
- Sé que te encantaría ahorrarte el cubierto, pero te recuerdo que tengo novio
- Hasta ahí llego - contesta la muy puta - Lo que ya no tengo claro es si lo seguirás teniendo dentro de tres semanas
- ¿Perdona?
- Vamos, Tessa. Tú y yo sabemos que esa historia no va a durar. Raúl es demasiado bueno para ti. Encontrarás la manera de joderlo
- No antes de encontrar la manera de joderte a ti
- Me fijaré dónde estás cuando tire el ramo, lo prometo
- No hace falta, por mí te lo puedes meter por el coño

En ese momento llega Alberto. Cualquier persona normal vería que la sonrisa que nos estamos dedicando es de las que ponen las leonas antes de lanzarse a la yugular de su presa. Pero a estas alturas creo que todos tenemos claro que a Alberto le falta un hervor.

- Me encanta ver juntas a mis dos chicas favoritas - dice, sin un mínimo atisbo de sarcasmo. No sé si abrazarle, darle un chupachup o una ostia con la mano abierta.

Mientras suben, Bea se gira y me manda un beso volado. Yo le enseño un dedo diferente a ese en el que piensa colocarse el anillo de bodas. Aunque, en contra de lo que podría parecer, no estoy cabreada. Al contrario, la conversación me ha alegrado el día.

Porque ahora sé que esa zorra de mierda me subestima. Y eso es un error que va a pagar muy caro, vaya que sí. Esto es una guerra y yo soy la jodida bomba de Hiroshima.



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