sábado, 23 de febrero de 2019

141. Una cena formal

Salgo para la cena con Yakamoto directamente de casa de Raúl, ataviada con un conjunto de lo más formal, compuesto por una chaqueta beige y una falda ejecutiva que me llega más o menos por las rodillas.

Mi novio insistió en que quedáramos por la tarde porque según él no pasamos suficiente tiempo junto, aunque sé que en realidad lo hizo porque no se fía de mí. Y hace bien, porque en cuanto llego a la esquina cojo un taxi y hago una parada en mi casa, para cambiarme y ponerme un vestido rojo de escote generoso. Una no va mucho al gimnasio...o alguna vez...joder, una no tiene unos genes de la ostia para luego ir ocultando sus curvas.

Para cuando llego al restaurante, tarde, cómo no, ya hace rato que Yakamoto y su asistente están sentados en la mesa. La chica, a la que llamaré Hitachi porque nunca me molesté en descubrir cuál era su puto nombre, me mira con cara de pocos amigos. O a lo mejor es por lo de los ojos rasgados, no tengo ni puta idea y la verdad es que me la suda.

Me fijo en los dos. Yakamoto es color gris, serio y formal, mientras que su ayudante es color Coquelicot. ¿Sabéis cómo es ese color? No, ¿verdad? ¿Y a que tampoco os interesa una mierda? Pues eso.

Dado que yo no hablo japonés y el anciano tampoco controla mi idioma, toda la conversación pasa por Hitachi, lo que hace que una velada ya de por sí aburrida se convierta en una puta tortura. Intento recordar las recomendaciones de Raúl (súplicas, más bien) y me ciño a las preguntas típicas. Trabajo, qué le parece nuestro país... a tope con la diversión.

Yakamoto me cuenta cómo se convirtió en dueño de una gran multinacional y sus esfuerzos por expandirse fuera de Japón, lo que le ha llevado a ponerse en manos de nuestra agencia de comunicación. Yo sonrío mucho y hablo sobre lo maravilloso que es todo en la empresa y bla bla bla. En comparación, hablar con la Emperatriste era una orgía de risas y buen rollo. Al menos la comida es exquisita y el vino es de los buenos.

Justo antes de los postres, Hitachi se disculpa y se levanta para ir al servicio. Se hace un silencio incómodo y me toca esforzarme para no quedarme dormida allí mismo, sobre la mesa. Yakamoto es con toda seguridad una de las personas más coñazo que he conocido nunca.

O eso pienso, hasta que algo hace que cambie radicalmente mi percepción. Unos jóvenes pasan por delante del restaurante en un descapotable, con la música a todo trapo, y el anciano se gire en esa dirección. Y juro que veo un destello en sus ojos y noto que está canturreando.

Llevada por la curiosidad, decido preguntarle si le gustan los karaokes. Acudo al lenguaje universal de los signos, es decir, cerrar mi mano formando un puño y llevarlo cerca de la boca. No estoy segura de si ha pillado la referencia musical o cree que quiero saber si le gusta que se la chupen, pero haya entendido lo que haya entendido, la respuesta es afirmativa.

Y entonces se me cruzan los cables. Aprovechando que nuestra carabina aún no ha vuelto del baño, me sorprendo sugiriendo al anciano que le demos esquinazo y nos larguemos de fiesta.

Yakamoto me mira, con los ojos como platos, y me digo a mí misma que acabo de cagarla a lo grande. Estoy a punto de empezar a disculparme, cuando, por sorpresa, asiente con la cabeza, se levanta y se echa a correr hacia la puerta, con la risita malvada de un niño que estuviera haciendo una travesura. Hay que joderse con el señor gran empresario aburrido. Al final va a ser un aguamarina en toda regla.

De modo que nos escapamos del restaurante de lujo para sumergirnos en mi mundo de cutrerío y depravación. Al principio mi invitado parece algo cohibido, pero al tercer garito ya está on fire, sobre todo después de aceptar una pastilla rosa de un tipo al que sinceramente no conocemos, pero que por algún motivo, posiblemente por lo asquerosamente borracha que voy, me inspira confianza.

Hay algo de entrañable en ver al anciano dándolo todo en la pista del aire, con la corbata alrededor de la frente. Es una imagen divertida. También es la última que tengo de la noche, lo demás está completamente a oscuras. Lo que es una pena, porque algo me dice que después de eso tuvo que haber momentos incluso más memorables.




No hay comentarios:

Publicar un comentario