Llego a la oficina con la mosca detrás de la oreja. Raúl insistió en que me cogiera el día libre por el gran trabajo que estoy haciendo, señal de que hay alguna razón por la que no quiere que aparezca por aquí ni de coña. Y eso es un misterio al que obviamente no puedo resistirme.
Me planto en su oficina sólo para verle reunido con un japonés de unos setenta años, vestido con chaqueta y corbata, al que le está besando el culo cosa mala a base de reverencias. Su cara al verme detrás del cristal confirma mis sospechas. Se disculpa con su invitado y sale.
- Tessa, ¿qué haces aquí? - pregunta horrorizado - Te había dado el día libre
- Y una mierda, tú lo que no quieres es que conozca al señor Miyagi ese de tu despacho
- Se llama Yakamoto y sí, tienes razón. Es uno de los clientes más importantes de la compañía y ha venido a firmar el viernes un contrato de los gordos, de los que no podemos arriesgarnos a perder
Cruzo los brazos y le castigo con mi silencio.
- Seamos sinceros, tu fama te precede - añade, intentando resultar simpático - No te ofendas, pero te recuerdo que por tu culpa una compañera tuya fue dada por muerta y despedida recientemente
Tiene toda la puta razón, soy como las plagas de Egipto concentradas en metro sesenta y siete de tía buenorra. Pero aún así me siento ofendida. Por eso le hago creer que voy a irme, para que baje la guardia, y acto seguido hago una finta y me cuelo en su oficina sin que pueda impedírmelo.
En su cara se forma una expresión de terror mayor a la que habría puesto de haberme sorprendido despellejando gatitos vivos, pero aún así se las arregla para fingir que todo va bien y no asustar a su invitado. Que, todo sea dicho, no parece nada molesto por mi presencia.
El pez gordo japonés me hace un gesto para que me acerque y mantenemos una animada charla ante la atónita mirada de Raúl, que está tan aterrado que ni siquiera se atreve a sumarse a la conversación, observándonos a cierta distancia. Finalmente Yakamoto me da la mano y se marcha del despacho sonriendo. Mi novio y quien sabe si a estas alturas ya ex-jefe, se acerca a toda prisa.
- ¿Qué te estaba diciendo? - me pregunta
- Ni puta idea, hablaba todo el rato en japonés. Pero es una de mis múltiples cualidades, ser capaz de seguir una conversación fingiendo que me estoy enterando cuando en realidad ya hace rato que he desconectado. Contigo lo hago mucho y fijo que no te has dado ni cuenta
El corazón se le va a salir por la boca. Le doy una palmadita en el hombro. Ya saben, intentando resultar simpática.
- Pero mira lo contento que se ha ido. ¿Ves como no tenías de qué preocuparte?
Es abrir mi bocaza y en ese momento entra una chica asiática, de unos treinta y pocos años, que no hace falta ser un genio para darse cuenta de que es la asistente personal y traductora del señor Yakamoto. Se dirige a Raúl y le dice:
- Si tiene un minuto, me gustaría coordinar con usted la cena que su empleada ha acordado tener con mi jefe mañana por la noche
Raúl me mira, con los ojos como platos. Yo sonrío.
- Relax, es sólo una cena. No hay de qué preocuparse, lo tengo todo bajo control
No consigo tranquilizarle. Tampoco se lo tengo en cuenta. Para hacer honor a la verdad, ni yo misma me lo creo.
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